miércoles, 13 de marzo de 2019

PREÁMBULO

Sophie iba corriendo por la calle.

Sus lágrimas se confundían con el agua procedente del torrencial aguacero que, de un momento a otro, había empezado a caer.

En tan solo diez minutos, se metió en su coche, el cual tenía aparcado enfrente de la Galerie Chappe, en la calle André Barsacq.

Estaba empapada de la cabeza a los pies y tenía muchísimo frío, además de un profundo dolor en la rodilla, pero todo eso no le importaba ahora.

No paraba de pensar en cómo habían cambiado las cosas. Hacía tan solo una semana, ella era una chica totalmente distinta a quien era ahora.

Pero, por primera vez en toda su vida, tenía muy claro lo que debía hacer.

Arrancó el coche y cogió el volante con determinación: ya se sentía con fuerzas para continuar. Tenía muy claro adónde iría, pero estaba a más de cuatrocientos kilómetros de su destino y no sabía si su coche podría aguantar un viaje tan largo. Merecería la pena intentarlo.

Mientras iba conduciendo bajo la lluvia, millones de recuerdos inundaban su mente. Evocaciones relacionadas con la última semana, y con los insólitos sucesos que la acontecieron…




martes, 12 de marzo de 2019

CAPÍTULO 1: DEL AMOR Y OTROS SENTIMIENTOS Y EMOCIONES

Una semana antes, en el Instituto de Psicología de la Universidad París V Descartes.

-          - ¡¡Sophie, creo que te ha mirado!! – exclamó Charlotte, entusiasmada.

-         - ¡Calla! No grites tanto que se va a dar cuenta… – le reprendió la aludida mirando con disimulo hacia ambos lados para ver si alguien las había escuchado.

Un muchacho joven, de unos veintidós o veintitrés años, había empezado a caminar hacia esta pareja de amigas mientras las observaba intensamente. Ellas dos apenas podían controlar su excitación: ¡el chico más guapo de su promoción se había fijado en ellas!

Se llamaba Max. Debía medir poco más de un metro setenta, y uno de sus grandes atractivos era su definido cuerpo atlético, fruto de las abundantes horas que pasaba en el gimnasio. Asimismo, poseía otras características que le hacían parecer aún más gallardo: sus ojos celestes resaltaban sobre su moreno rostro, mientras que su cabello, rubio y con unos acertados bucles sobre su nuca, le daban el aspecto de un querubín.
En esencia, verle era como ver el rostro de la confianza y la seguridad en uno mismo.

-          - Hola chicas – inició con una voz cautivadora que sólo él podía entonar –  ¿Os apetece veniros a una fiesta esta noche? Es el cumpleaños de mi amigo Dean y nos gustaría que os vinierais.

-         -  ¡Claro que sí! – exclamó Charlotte, con voz desesperada.

No obstante, el chico sólo dirigía la mirada a Sophie, quien la apartaba con decoro.

-         -  Os espero en Gibus Club a las doce de la noche, entonces. ¡No faltéis! – concluyó. No obstante, antes de irse echó un último vistazo a Sophie, haciendo que ésta enrojeciese.

Cuando se dio la vuelta y se alejó de las chicas, sonrió con aire de suficiencia a su grupo de amigos, que le miraban incrédulos.

-         -  ¡Sophie, le gustas un montón! – exclamó Charlotte.

-          - ¿Tú crees? – preguntó ella, entre nerviosa y emocionada.

-          - ¡Sí, claro! ¡Parecía que te quería comer con la mirada!

-          - ¡Anda ya! ¡No exageres! – rio, un poco colorada – Oye, ¿por qué no nos arreglamos juntas esta tarde en mi casa? – sugirió, con una sonrisa divertida.

-          - ¡Me parece perfecto! – Se entusiasmó Charlotte – ¿Quedamos a las ocho?

-         -  ¡Vale! Pero… ¿podrías traer uno de tus vestidos de fiesta para mí? Todos los míos los he dejado en la casa de mis padres – imploró una Sophie muy apurada.

-         -  ¡No te preocupes, cariño! – exclamó Charlotte con una sonrisa encantadora –. Ya había contado con eso y esta misma tarde cuando quedemos te dejo uno de los míos.

Sophie le dio un abrazo de agradecimiento al tiempo que el profesor entraba en el aula. Las conversaciones cesaron entonces, salvo por pequeños cuchicheos que de vez en cuando se escuchaban.

Esta vez Henri, el profesor de Psicología del sentimiento, la asignatura favorita de Sophie y también la más complicada de todo el semestre, empezó hablando sobre algo muy importante para todos los alumnos: el trabajo final.

Se trataba de una prueba que equivalía a un examen y en el cual se plasmaba todo lo aprendido durante la evaluación. Tan exigente era este ejercicio que muchos terminaban suspendiendo la asignatura aun habiendo superado con buena nota el resto de los exámenes.

Ésa era una de las razones de desvelo de Sophie, por lo que, cuando el profesor empezó a hablar de ello, prestó muchísima atención.

-       -    …he asignado a cada alumno un tema, es decir, un sentimiento o emoción, sobre el cual vosotros debéis investigar y hacer el trabajo. No me bastará con que vayáis a lo evidente: necesito que os involucréis y que plasméis los conocimientos adquiridos durante el curso en el trabajo.

Empezó entonces a llamar a los alumnos uno por uno para darles un sobre cerrado dentro del cual se hallaba la emoción o el sentimiento sobre el cual deberían hacer el trabajo.

-         -  ¿Max Aubriot?

Max subió al estrado con aire altivo. Abrió el sobre delante del profesor y gritó a su séquito de admiradores el tema sobre el que le había tocado estudiar:

-         -  ¡Generosidad!

Se rio al tiempo que bajaba las escaleras y subía el siguiente alumno.

Charlotte y Sophie estaban muy nerviosas. Era su primer año en la Universidad y querían hacerlo bien, ya que dependían de esa nota para recibir una beca que las permitiría ir al año siguiente a Berlín a realizar unas prácticas en una prestigiosa clínica cuyo director era precisamente su profesor.

-         -  ¿Charlotte Fontaine?

La amiga de Sophie se estremeció de pronto y subió los peldaños temerosa. Cogió el sobre y rápidamente volvió a su sitio donde al fin lo abrió.

-         -  Me ha tocado ansiedad…

-        -   Seguro que lo harás muy bien, no te preocupes – quiso animarla Sophie.

Ella, debido a su apellido, era la última de la clase a la que llamarían.

Sentía que los nervios estaban empezando a despedazar su estómago.

Uno por uno, veía cómo los alumnos bajaban con su sobre, y no dejaba de preguntarse cuál sería la emoción sobre la que tendría que estudiar.

Por fin, llegó su turno.

-                  -  ¿Sophie Villeneuve?

Subió resuelta a por el sobre, sabiendo que ya la suerte estaba echada y que, le tocara el tema que le tocase, ella lo haría lo mejor posible.

Con los dedos temblorosos, lo fue abriendo mientras iba llegando de nuevo a su asiento.

En la pequeña carta que se hallaba en su interior se leían dos solas palabras que a Sophie le causaron pavor.

Las palabras en cuestión eran SENTIRSE ENAMORADO, pero ¿cómo iba a hablar sobre algo que jamás había sentido?

-          ¡Chicos! – exclamó Henri con voz cansada en un intento por hacerse oír entre la multitud ruidosa de alumnos que no paraban de hablar los unos con los otros- Hoy es 3 de mayo, así que os queda exactamente un mes hasta el momento de la entrega del trabajo, tiempo de sobra para hacerlo perfecto, por tanto, no os agobiéis y dad lo mejor de vosotros.

El profesor se despidió entonces de sus alumnos, dejando un caos a sus espaldas, pues nadie estaba contento con el tema que éste les había encomendado.


A las dos de la tarde, Sophie acababa de salir del Instituto de Psicología y caminaba hacia su coche, un Renault 19 en color rojo al que ella tiernamente llamaba Renée.

La mayoría de sus compañeros llevaban coches más modernos y con mejores prestaciones que el de ella, que ya contaba con veinte años, pero a pesar de eso, a Sophie le encantaba, ya que se lo había podido comprar ella misma gracias a los ahorros obtenidos por haber estado trabajando durante un verano entero como camarera en L’Ancolie, un restaurante muy conocido de Rochefort-en-Terre, su pueblo natal.
Sus padres le habían dicho en decenas de ocasiones que no hacía falta que trabajase, pues si lo que quería era un coche, ellos mismos se lo regalarían. Pero ella era así, obstinada y sabedora de que era capaz de conseguir todo lo que se propusiera con sus propios medios.

Antes de subirse al coche, notó que alguien a lo lejos la miraba. Se volvió rápidamente y advirtió que era Max, que le dedicó una sonrisa atractiva antes de darse la vuelta para hablar de nuevo con los amigos de los que estaba rodeado.

Ya dentro, se puso el cinturón de seguridad y arrancó el motor, pero entonces… ¡éste sonó como si estuviese a punto de explotar!
Esto llamó la atención a todos los estudiantes que pasaban por su lado y provocó que muchos de ellos se apartasen mientras reían sin ningún disimulo.

¡Sophie quiso que le tragase la tierra! Ella siempre había sido una persona muy insegura y tímida que tomaba demasiado en cuenta las opiniones de los demás, quizá por encima de la suya propia. Lo pasaba muy mal cuando llamaba la atención negativamente, ya que le daba miedo que, de pronto y a partir de ese momento, todo el mundo le rechazase socialmente.

Poco a poco, fue relajándose. Conducir desde la universidad hasta su casa siempre la calmaba, y ahora además tarareaba la canción número uno del momento que estaba sonando en la radio, “All of me” de John Legend.

Cuando estaba a tan solo cinco minutos de llegar a su pequeño apartamento situado en la Avenue de Suffren, volvió a pensar en Max. Era un joven muy interesante y poseía un je ne sais quoi que provocaba que todas las chicas se fijasen en él. Por esta razón, le sorprendía tanto su repentino interés en ella.

Pero, a pesar de su entusiasmo e intriga, había una parte de ella que no quería que esa noche llegase. Tenía un mal presentimiento, aunque si alguien la hubiese preguntado, no habría sabido explicar el por qué.

Aparcó en Avenue de Champaubert y fue andando lentamente hasta su casa.

Deambulaba meditabunda por la avenida hasta que se topó de frente con Carmine Café, uno de sus lugares favoritos de toda la ciudad. El ambiente cálido y acogedor de aquel sitio junto con su exquisita decoración la transportaban a su hogar natal. Entró y pidió una porción de pizza margarita.

Cuando ya llevaba un rato allí, a través de los ventanales del restaurante vio a su amiga Charlotte en la calle cargada con una bolsa dentro de la cual presumiblemente se hallaba un bonito vestido de fiesta. Parecía estar muy apurada.

-          ¿Qué haces aquí? ¡Es aún muy pronto! – preguntó Sophie, que salió a su encuentro, divertida y asombrada.

-          ¡Lo siento mucho! Acaba de volver Christoph del viaje y ¿a que no sabes qué? ¡Me ha pedido que volvamos!

Sophie estaba intentando poner sus ideas en orden.

-          Pero… ¿No fue ese el chico que hace dos meses se lió con otra estando de Erasmus?

-          Sí, tía, pero… ¡tengo que volver a intentarlo! En el fondo de mi ser sé que él es el amor de mi vida y…

Ella no estaba de acuerdo en lo que Charlotte estaba a punto de hacer, pero temía entrometerse demasiado en la vida de su amiga, que continuaba hablando sin cesar, como si necesitara excusarse por algo.

-          Necesito que vayas a esa fiesta, Sophie.

-          No pienso ir sin ti. ¡Ya habrá más fiestas! – rechazó ésta.

-          ¡Tienes que ir! ¡Max está loco por ti! Yo me lo voy a pasar bien y tú no debes quedarte un viernes más sin salir. ¡El amor está fuera de esos muros a los que llamas casa, Sophie!

Aquellas palabras le provocaron mucha tristeza en su interior, pues se daba cuenta de que a sus diecinueve años aún no había amado a nadie con tanta intensidad como lo hacían Charlotte y otras chicas que conocía.

Por un instante, sintió lástima de sí misma, y probablemente ése fue el motivo por el que finalmente aceptó ir aquella noche a la fiesta.


Horas después, justo antes de salir de su apartamento, ya totalmente vestida, maquillada y peinada, se miró al espejo y, dirigiéndose una sonrisa a sí misma, deseó que aquella vez su suerte cambiase y pudiese sentir algo intenso y hermoso por alguien.


Pero lo que jamás se habría podido imaginar es que aquella noche iba a ser demasiado larga.




lunes, 11 de marzo de 2019

CAPÍTULO 2: Del vaso medio lleno o medio vacío de Gibus Club


Max y el resto de su pandilla llevaban ya media hora en Gibus Club.

Las luces de aquella pequeña discoteca parisina y el ambiente cosmopolita que se respiraba se fusionaban con el embravecimiento de la gente que bailaba desde hacía rato sin cesar, en parte, por culpa del alcohol ingerido por éstos, y también por las mezclas electrónicas que realizaba el dj desde su mesa.

Se mirara adonde se mirase, la sala estaba atestada pues, como cada jueves, la mayoría de los alumnos de las universidades de París solían ir a aquel lugar para “liberarse” de la tensión sufrida durante toda la semana, ya que el viernes muchos o no tenían clase, o solo tenían una o dos.

-          ¿Crees que vendrá? – preguntó Dean, el mejor amigo de Max, mientras ambos tomaban sendos cócteles Kir.

-          Seguro que sí – respondió Max con una media sonrisa – Ella y su amiga nunca salen de fiesta así que no creo que hoy dejen pasar esta oportunidad.

-          Me pregunto por qué te apostaste con Willy que conseguirías acostarte con ella… con la cantidad de chicas bonitas que hay en clase. – opinó su amigo con estupefacción.

-          ¡Dean, hermano – Max le puso una mano en el hombro como si fuese su mentor –, tienes tanto que aprender! Al resto de chicas es fácil tenerlas, pero Sophie es diferente. Ella siempre tiene la cabeza enfocada en sus estudios, sus lecturas y en ese estúpido viaje que quiere hacer al año que viene a Alemania. Nunca se fija en ningún chico porque ¿sabes qué es?

-          Mmm…no – Dean aún no entendía.

-          ¡Difícil! ¡Ja! Ella es una chica difícil. Pero yo la voy a convertir en fácil, ¡ésa es la apuesta!

Dean le miró con una expresión extraña, como si pensase que su amigo, el cual conocía desde hacía diez años, de pronto tuviese una enajenación mental. Le iba a volver a contestar algo, pero prefirió contenerse y simplemente asentir con la cabeza.

En ese momento, se abrió la puerta del local al tiempo en que un ruido enorme de motor resonaba por la calzada. Dos chicas que acababan de entrar a la discoteca pasaron al lado de Max diciendo:

-          ¿Has visto el ruido que hacía ese coche?

-           ¡Dios mío! ¿De dónde lo habrá sacado esa chica? ¿¿Del desguace??

Max sonrió: sabía que era el momento de poner su plan en marcha. Con una sola mirada, marcó al camarero de la barra que era el momento de actuar.
Se acercó lentamente a la puerta de entrada y, cuando llegó, se quedó inmóvil como una estatua, esperando ver a Sophie traspasar el umbral de la puerta.

Pero ni por asomo podía adivinar lo que sus ojos verían dos minutos más tarde.

Una chica con una gran cabellera ondulada, de un color aún más oscuro que la más negra piedra azabache, acababa de entrar a la discoteca. Sus ojos, marrones, tan comunes como bonitos, estaban adornados por sus abundantes y espesas pestañas negras, y por sus cejas, delgadas y un poco alzadas, que enmarcaban la sorpresa que sentía al ver a muchos de sus compañeros allí. Su nariz era pequeña, al igual que su boca, cuyos labios se habían vestido en aquella ocasión de color rojo intenso. Ella sonreía, mostrando en sus gestos inconscientes la agitación y el nerviosismo que sentía. Sus dientes eran pequeños, blancos, como pequeñas perlas ocultas tras el fuego de sus labios.
Se podía adivinar la forma de su pecho por el escotado vestido plateado que llevaba, el cual le quedaba un poco ancho, ya que era de su amiga Charlotte.
Más de un chico volvía su mirada hacia ella y, tras reconocerla como la empollona de su clase, se la quedaban mirando boquiabiertos convencidos de que estaban teniendo un delirio a causa del alcohol.
Max por un momento se olvidó de su plan y sólo se centró en aquella preciosa chica cuya cara y cuerpo se ocultaban todos los días debajo de una coleta mal hecha, unas enormes gafas de pasta y un jersey demasiado ancho.

-          Hola Sophie – saludó un sorprendido Max.

-          ¿Qué tal? – preguntó Sophie a modo de saludo. Cada vez estaba más nerviosa.

-          ¡Estás muy guapa!

-          Gracias – contestó ella, sonriendo.

Le parecía raro que ese chico la piropease y que se mostrase tan atento con ella, en vez de estar hablando con sus otras compañeras de clase, que la miraban con desprecio.

-          ¿Quieres tomar una copa conmigo? – preguntó Max, con cara de no haber roto un plato en su vida.

-          ¡Me parece una buena idea!

Estupendo. El plan de Max ya estaba en marcha y cada vez era más probable que se saliese con la suya.

-          ¿Qué queréis tomar? – les preguntó el camarero con una sonrisa que a Sophie le generó desconfianza.

-          Para mí lo de siempre, Louis, y para esta hermosura…

-          Para mí una Coca-Cola – pidió la chica, intentando no hacer mención a lo que el chico acababa de decir sobre ella – Tengo que conducir después.

Max al escuchar esto se acercó lentamente al oído de Sophie y le dijo susurrando:

-          Quizá esta vez sea yo el que te lleve a tu casa…

Sophie enrojeció al instante. Su corazón le latía cada vez más deprisa y sus manos temblaban de los nervios que sentía. Realmente, Max era un muchacho muy atractivo.

Ella intentaba dejarse llevar y simplemente disfrutar de estar con un chico guapo que parecía que la deseaba.
Sin embargo, una vocecilla interna que Sophie trataba de acallar seguía preguntando incesantemente si realmente eso era lo que estaba buscando y si aquélla era su idea del amor.

El camarero acababa de preparar las bebidas que habían pedido.

Sophie, apurada por ver si llevaba dinero en el bolso para pagar, desacostumbrada a que se le invitase a la consumición, no vio cómo Max le hacía un gesto al camarero que haría que ambos se sonriesen.

Al instante siguiente, Sophie tenía el pelo y parte del vestido totalmente mojados de Coca-Cola.

Por un momento, la muchacha se quedó en shock: ni siquiera sabía lo que había ocurrido.

Fue como si despertase de un sueño. Tenía frío y además, sabía que había llamado la atención, pues escuchaba risas a su espalda.

Quiso romper a llorar. Sentía que esas cosas sólo la pasaban a ella.

-          ¿Qué has hecho, subnormal? – preguntó Max de pronto al camarero, con ojos furiosos.

-          ¡Se me ha resbalado el vaso de las manos! Lo siento, chica – se disculpó éste, con un tono de voz que a Sophie le pareció burlón.

Cada vez más personas del local los miraban, y Sophie se moría de la vergüenza.

Max rodeó a la muchacha con su brazo, infundiéndola protección y calor.

-          Vámonos. Éste no es lugar para ti.

Ella obedeció. Estaba asustada. No entendía por qué había ido esa noche a la fiesta… ¡si hacía un año que no salía! Se sentía ridícula y estúpida.

Caminaron rápidamente hacia la puerta del local. Hasta llegar a su destino, se fue cruzando con muchas chicas que se la quedaban mirando horrorizadas por el aspecto de ésta.

“Jamás seré como ellas - pensaba Sophie –, ha sido una locura intentar serlo”.

Con lágrimas en los ojos, fue a abrir la puerta del local, pero Max lo hizo por ella.

-          Pasa, Sophie. Te acompaño a tu casa.

El calor que hacía dentro de la discoteca contrastaba fuertemente con el frío primaveral parisino que se calaba hasta los huesos.
Sophie se acordó de que había dejado olvidado su chaquetón en el coche, y se culpó a sí misma por su mala cabeza.

-          Ten mi abrigo – se ofreció Max, como leyéndola el pensamiento.

-          No hace falta que estés tan pendiente de mí – aclaró. No obstante, se lo echó por encima.

-          Te puedes quedar en mi casa esta noche, si quieres – propuso el chico, como si nada.

A Sophie le temblaron un poco las piernas al escucharle. No estaba preparada para eso.

-          Te lo agradezco, Max, pero prefiero ir a mi casa y descansar.

-          De acuerdo, pero deja que conduzca yo – el chico rozó la cara de Sophie con las yemas de sus dedos –. Aún estás un poco afectada por lo que ha ocurrido.

Durante el trayecto hasta su casa no hablaron mucho.

Él de vez en cuando sonreía para sí: esa noche estaba yendo todo como la seda.

La pobre Sophie no se estaba dando cuenta de que todo era una trampa ideada por él para conquistarla.

Al sentirse tan avergonzada y desprotegida, y él acudir en su ayuda cual caballero andante, Sophie seguro caería en sus brazos.

-          Bueno, pues ya hemos llegado – enunció ella cuando ya habían aparcado.

Eran las dos de la madrugada y Sophie bostezó por culpa del sueño que estaba empezando a sentir.

Acababan de llegar a su portal y un suspiro de alivio se escapó de entre los labios de la chica mientras pensaba: “Ya estoy en casa”.

-          Gracias por traerme, Max.

-          Y, ¿para tu héroe de esta noche no hay ningún premio? – preguntó él, con descaro, haciendo que ella dejase por un momento de buscar las llaves que tenía dentro del bolso.

-          ¿Que… qué clase de premio quieres? – Sophie no entendía, o quizá es que no quería entender.

-          Bueno, para empezar, me podrías dar… un beso – sugirió, con voz atrayente y mirándola a los ojos.

Antes de que ella pudiese si quiera contestar, Max ya se estaba acercando a su rostro. Sophie no podía pensar.

Mientras él se iba acercando cada vez más, ella permanecía en su sitio, sin moverse un ápice, pero con el corazón latiéndole a cien por hora.

Sólo podía pensar en que nunca había besado a nadie, y en si él era la persona indicada.

Se había portado bien con ella, pero… ¿realmente le quería dar un beso?

Por otro lado, pensaba que quizá era muy exigente, y que, si no daba nunca una oportunidad a nadie, se iba a quedar siempre sola esperando a un amor que no existía, que solo vivía en sus sueños.

Los ojos de Max se cerraron. Sophie estaba empezando a hiperventilar. Estaba demasiado nerviosa.

Probablemente la respiración agitada de Sophie le hiciera pensar a Max que ella quería más, ya que  inmediatamente después, él deslizó sus manos por el cuello de ella, provocando que a ésta se le pusiera la piel de gallina.

De pronto, Sophie sintió la presión de los labios del chico contra los suyos, y ella cerró los ojos, intentando dejarse llevar.

Las manos de Max bajaron por la espalda de la chica hasta llegar a su región lumbar, haciendo que ella se estremeciera, en una mezcla de pánico y excitación.

¡Realmente, le estaba besando!

Él entonces aumentó la intensidad. Sophie ya apenas podía respirar. Intentaba seguirle el paso, pero su vocecilla interna no paraba de gritarle que parase.

Empezaba a agobiarse. A juzgar por cómo él la estaba tocando y besando, parecía querer continuar en alguna oscura habitación.

Sophie, entonces, haciendo acopio de su fuerza, le empujó, haciendo que Max perdiese un poco el equilibrio.

-          ¿Qué haces? – preguntó él, incrédulo.

-          Vas muy rápido, ¿no?

Él sonrió y se volvió a acercar a ella.

-          Me gustan las cosas rápidas.

Sophie se alejó de él un paso.

-          Escucha: no voy a hacer nada contigo esta noche.

Pudo ver en el rostro del chico la sombra de la decepción; pero enseguida desapareció y compuso otra vez una sonrisa pícara.

-          No te preocupes – dijo, acercándose de nuevo a ella, pero mucho más relajado – No voy a hacer nada hasta que tú no quieras. Esperaré lo que sea necesario.

Ella se tranquilizó bastante. Por un momento había sentido temor.

-          Debo subir a casa – anunció.

-          ¿Podríamos quedar mañana? – preguntó él, interpretando de nuevo su papel de galán.

-          Claro. ¡Mañana hablamos!


Media hora más tarde, ya en la cama, calentita y con el pijama puesto, pensó de nuevo en Max y en ella y, con gran pesar, sintió una sensación de vacío en su pecho.

Esa misma noche, dos horas y media más tarde, una llamada telefónica que despertó a Sophie de una absurda pesadilla provocó que su vida cambiase para siempre.



PREÁMBULO

Sophie iba corriendo por la calle. Sus lágrimas se confundían con el agua procedente del torrencial aguacero que, de un momento a otro, ...