-
Hola Max.
-
Hola mi chica, ¿cómo estás?
“¿Mi chica?” A Sophie no le gustó nada
que la llamara así.
-
Bien – respondió, un tanto seca – ¿tú
cómo vas?
-
Pues pensando en que ayer me lo pasé
muy bien contigo, y que me gustaría repetir la experiencia, esta vez a solas,
sin ninguna Coca-Cola de por medio – el tono de Max sonaba relajado al otro
lado del teléfono.
A Sophie le hizo gracia el modo en que
Max se acababa de referir al “incidente” de la noche anterior.
Se culpó a sí misma por no haberle
avisado antes de la situación, pero lo cierto era que, desde que había llegado
allí, no había pensado ni una sola vez en él.
-
Max, perdona, pero hoy no va a poder
ser… ha ocurrido una cosa con mi familia… mi padre ha tenido un accidente y he
vuelto a Rochefort-en-Terre.
-
Pero ¿por qué no me lo has dicho antes?
– el tono de Max acababa de cambiar radicalmente y ahora mismo mostraba enfado.
-
Te pido perdón, Max – reiteró la chica
–, pero con la noche que he pasado no me he acordado de…
-
De mí, ¿no? – preguntó con dureza, interrumpiéndola – No
te has acordado de mí, ¿no es así?
Ahora Sophie también se enfadó, ¿quién
se creía que era él para hablarle así?
-
Es evidente que no tienes ni idea de lo
que he pasado, Max. Mejor hablamos en otro momento.
Dicho esto, colgó.
No era propio de Sophie actuar así. De
hecho, estuvo a punto de volver a llamarle para disculparse por colgarle, pero
finalmente decidió que aquel no era el mejor momento para hablar con él. Estaba
alterada por la falta de sueño y, además, en general, no le habían gustado las
formas que había tenido Max para hablar con ella.
En ese momento, llegó el camarero a su
mesa con el desayuno que había pedido.
-
Aquí tiene, señorita. Si necesita algo
más, no dude en…
Se tuvo que interrumpir en ese momento
porque una pareja que había entrado al local cinco minutos después que Sophie,
y que estaba sentada en una de las mesas del rincón, había empezado a discutir
en voz bastante alta.
-
¡No puedo más contigo! ¡Estoy harta de
ti! – exclamó la mujer de la relación, cogiendo el bolso y dirigiéndose a la
puerta. Su pareja salió corriendo tras ella poco después.
-
¡Aay! – penó el camarero – Estos dos
siempre andan igual.
-
¿Insinúas que ya han discutido más
veces aquí? – preguntó Sophie, muerta de curiosidad.
-
Prácticamente todos los días –
respondió el hombre, con resignación – Hay relaciones que no llevan a ninguna
parte y solo provocan sufrimiento. Y, lo peor de todo – casi susurró,
componiendo en sus labios una sonrisa pícara –, es que me terminarán espantando
la clientela.
Sophie no pudo evitar reírse. Aquel
hombre le parecía entrañable.
En ese momento, sus ojos volvieron a
fijarse en el cuadro de la Gran Vía de Madrid.
-
¿Los dueños de esta cafetería son de
Madrid?
-
Estuvieron allí hace mucho tiempo –
respondió, con un tono de voz misterioso, siguiendo la mirada de Sophie hacia
el cuadro.
El móvil de la chica volvió a resonar
por toda la cafetería: era Max otra vez.
Sin contestar, colgó de mala gana.
-
Me temo que ellos no son los únicos con
problemas del corazón – comentó en voz baja para sí misma, pero dejando que lo
escuchara el camarero, que todavía seguía a su lado.
-
¡Oh! ¿Ése que acaba de llamar es su
novio? – preguntó él como si tal cosa, pero con mucha curiosidad.
-
No… bueno es… en realidad no sé qué es
– se rindió finalmente.
El hombre se estaba riendo en voz baja
ante las dudas de la chica. Finalmente dijo:
-
¡Entonces mal vamos! Cuando una persona
está enamorada, sabe lo que la otra persona es o no es para ella desde el
primer momento.
“¿Enamorada?” ¿Pero ella se sentía así
o, más bien, era su deseo de estarlo lo que la motivaba a querer estar con Max?
-
Me temo que no siempre es tan fácil –
contestó, pesarosa.
-
Sí que lo es – insistió el camarero –
Si permite que me siente a su lado, puedo contarle una historia verídica de dos personas
que se encontraron por casualidad, y que demuestra la fuerza que tiene el amor
verdadero.
Con
esto, el camarero cogió una silla de otra mesa cercana y se sentó frente a
Sophie, que le había empezado a escuchar atentamente.
Todo comenzó en la ciudad de Madrid, en
un día cualquiera que nadie recuerda ya, tan solo los protagonistas. Corría la
década de los 80.
El chico de nuestra historia, un joven
de apenas catorce años, se acaba de levantar para ir al colegio y, en esos
momentos, estaba desayunando. Se llamaba Óscar.
Él no quería ir a clase, ya que siempre
tenía que soportar a sus compañeros, que no paraban de meterse con él.
Con mucha parsimonia, se empezó a
vestir y, cuando terminó, metió en su mochila los libros de texto que ese día
iba a utilizar.
Si él hubiera podido, se habría quedado
en la cama para siempre.
Pero algo ese día iba a cambiar.
Óscar era un chico alto y moreno,
bastante guapo, pero con una gran inseguridad en sí mismo que le llevaba a
creer que no era nada especial.
La culpa de todo ello la tenía, en
parte, su compañero y también examigo, Alberto Rodríguez. Hasta el año pasado
habían sido inseparables, sin embargo, al llegar a ese curso, parecía que le
había declarado la guerra sin ningún motivo aparente.
Una vez hubo salido de su casa, el
chico caminó durante diez minutos hasta llegar a su colegio, el cual era una
enorme y antiquísima construcción de ladrillo, con ventanales gigantes a cada
lado. La cimentación era sólida, pero alguna que otra vez, los alumnos se
tenían que quedar en casa por culpa de reparaciones urgentes que había que
hacer al edificio.
Al fin, llegó a su clase.
Ya estaban casi todos sus compañeros
allí y, entre ellos, Alberto. Era un chico de pelo castaño claro y ojos
negrísimos, un poco más bajo y con el cuerpo menos definido que Óscar, que
practicaba baloncesto a diario.
Pero, en conjunto, Alberto era muy
atractivo y, además, poseía algo especial que hacía que las chicas se murieran
por estar a su lado.
-
¡Mirad,
aquí está el “guapo”! – exclamó, mirando hacia sus amigos, cuando Óscar
traspasó el umbral de la puerta.
Óscar
no le miró, consciente de que era de él de quien hablaban, y caminó deprisa
hacia su mesa. Ese día empezaban pronto los insultos.
Pero
Alberto no se iba a rendir tan pronto:
-
¡Pareces
un mono, chaval! – exclamó con furia. Acto seguido, bajo un poco el tono y dijo
– Tengo que tener cuidado, los del Planeta de los Simios me podrían demandar
por difamación: ¡ellos no son tan feos!
Esto
despertó las risas alborotadas de toda la clase.
Óscar
ya estaba acostumbrando a todo eso, aunque no dejaba de ser doloroso.
Cogió
un libro de la mochila, y se puso a repasarlo. Ese día preguntarían la lección.
-
¡Tragalibros!
– exclamó Lucía, una chica que aspiraba a ser la novia de Alberto.
Más
risas. Óscar ya no lo soportó más: sacó su walkman de la mochila, se puso los
auriculares y lo activó lo más alto que pudo. En comparación con las ofensas de
sus compañeros, aquellas canciones de heavy metal que se estrellaban contra sus
oídos parecían música celestial.
El
profesor entró por la puerta, pero Óscar, debido a los altos decibelios a los
que sonaban las canciones, ni se enteró de este acontecimiento.
De
pronto, sintió unos toques en la espalda.
“Otra
vez, mis compañeros” – pensó.
No
se dio la vuelta para ver quién le intentaba hablar, pero no tardó en
descubrirlo: alguien le acababa de quitar un auricular de la oreja.
-
Señor
Navarro, ¿puede hacer usted el favor de dejar de escuchar esa estúpida música?
¡Le recuerdo que estamos en clase!
Óscar
se quedó lívido. ¡Le acababa de hablar el profesor Pelayo!
Desconectó
el walkman rápidamente.
Aquel
era el profesor más estricto de todo el colegio, así que no sería raro que le
impusiese algún castigo. La respuesta no se hizo esperar:
-
¡Me
quedaré con su aparato del demonio hasta el final del curso!
Risas
disimuladas se escucharon desde el fondo de la clase. Óscar quería que le
tragase la tierra.
El
profesor empezó a hablar de nuevo, pero esta vez, lo hizo con un gesto más
relajado en la cara. Casi se podría decir que sonreía.
-
Hoy
ha llegado al colegio una nueva alumna. Se llama Claudia di Mare. Viene desde
Italia. Es una alumna excelente, así que tratadla bien y hacedla sentir como en
casa. ¡Claudia, ya puedes pasar!
Una
chica con melena de fuego pasó en ese momento al interior de la clase.
Todos
se la quedaron mirando fijamente mientras ella pasaba a su lado para dirigirse
a la mesa del profesor. Todos, a excepción de Óscar, que en ese momento estaba
maldiciendo su suerte porque otra chica más se iba a unir a los improperios que
sus compañeros le otorgaban todos los días.
Ni
siquiera levantó la mirada cuando ella pasó a su lado. Se quedó mirando
fijamente y con rabia su pupitre, pensando “¿Cómo es posible que yo pueda tener
tan mala suerte?”.
-
Hola
Claudia – saludó el profesor a la chica, muy cariñosamente.
Era
la primera vez que trataba a un alumno así.
Después
se descubriría que el padre de la chica y él habían sido compañeros de clase en
la Universidad hacía muchos años, cuando el profesor fue a Italia a estudiar
Humanidades, y que éste aún le seguía recordando como su gran amigo de la
juventud.
-
Hola
profesor.
La
voz tan dulce de Claudia unido a su fuerte acento italiano provocaron que Óscar
se olvidara por un momento del enfado que sentía.
Levantó
la vista para enfocar sus ojos en ella y… se encontró con lo más bonito que
jamás estos podrían ver.
Su
hermosa cara, su pelo extremadamente rojo, sus labios…Todo en ella le
encantaba.
De
repente, la mirada de Claudia se posó en él, y Óscar sintió como si el mundo se
paralizara de pronto.
Sus
ojos, verdes como las hojas de los árboles en primavera, encerraban una enorme
sabiduría. Parecía que, con solo mirarle, ya le conocía.
Ella
compuso una cara de sorpresa y curiosidad.
Él
calló en la cuenta de que se había quedado boquiabierto.
-
Debería
sentarse junto al señor Rodríguez – enunció el profesor, señalando la mesa
donde estaba sentado Alberto.
Óscar
la siguió con la mirada hasta que se sentó.
En
ese momento, estuvo seguro: Claudia era la chica con la que siempre había
soñado y, aunque era muy difícil, lucharía por estar con ella hasta el final.
-
¿Y bien? ¿Qué ocurrió entonces? –
preguntó Sophie, entusiasmada con la historia.
-
Lo que ocurrió me temo que no se lo
puedo contar ahora, señorita – contestó, mirando su reloj de pulsera con gesto
apurado.
-
¡Vaaaaya! – a Sophie realmente le
apetecía saber qué había ocurrido con Óscar y Claudia, pero el hombre parecía
tener prisa por hacer algo, a juzgar por cómo miraba la hora – Otro día
entonces vendré para que me sigas contando la historia, ¿de acuerdo?
-
¡Por supuesto! – exclamó, riéndose.
Ambos se levantaron y él le abrió con
gentileza la puerta de la calle para que ella saliese.
-
¡Nos vemos pronto! – se despidió
Sophie.
Se estaba dirigiendo de nuevo a su
casa, tranquila y relajada, cuando de nuevo le llamó Max.
“Quizá esta vez sí debería cogérselo” –
pensó, justo antes de descolgar el teléfono.
-
Hola Max – saludó, con un suspiro
cansado.
-
Sophie, lo siento – empezó Max
directamente, con un tono de voz serio que parecía sincero – He sido un idiota.
No he tenido en cuenta tus sentimientos. ¡Lo has tenido que pasar fatal esta
noche!
-
No te preocupes – respondió Sophie,
sorprendida. ¿Quién iba a pensar que él se disculparía?
-
¡Sí me preocupo! ¿Crees que podrás
perdonarme?
La coraza de Sophie se ablandó totalmente
ante esta pregunta. Se rio al tiempo que decía:
-
¡Claro que te perdono, tonto! ¡Yo
también tengo ganas de verte!
Max se rio también. Parecía contento de
que entre ellos dos se hubieran solucionado las cosas.
-
Espero impaciente a que llegue ese
momento.
Tras acabar la conversación, Sophie se
sentía muy feliz. Quizá Max fuera la persona ideal para ella, después de todo.
Tenía la sensación de que, a partir de
ese momento, todo iba a ir bien.
Pero, nuevamente, Sophie se equivocaba
ya que, en ese mismo instante, un chico montado en una bicicleta sin frenos
avanzaba rápidamente hacia el lugar donde ella se encontraba.
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