sábado, 9 de marzo de 2019

CAPÍTULO 4: DEL DULCE ENCANTO


Tardó diez minutos en llegar desde la estación de trenes hasta el Hospital Center Chubert.

Andaba a toda prisa y sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.

Cuando llegó a la habitación del hospital y vio a su padre tendido en la camilla, con el cuerpo y la cara magullados, se abalanzó sobre él con los ojos anegados en lágrimas.

-          ¡¡Papá!! ¿Cómo estás, papá?

-          ¡Hija mía! – exclamó, respondiéndole al abrazo tiernamente – ¡Pensé que no sabías nada!

-          Mamá me lo ha contado – musitó la chica.

-          ¡Aaaaay Giselle! No deberías haber asustado a la niña – reprendió el padre a la madre de Sophie.

Madre e hija también se abrazaron, y en ese cariño liberaron un poco de la tensión sufrida durante toda la madrugada.

-          ¡Y tú deberías haber cambiado ya los neumáticos a tu coche sabiendo lo mucho que está lloviendo estos días, Antoine! ¡Del golpe has perdido el conocimiento! ¡Te has librado esta vez, pero quién sabe lo que te podría haber ocurrido! – replicó ésta, a gritos, cuando terminó de abrazar a su hija, visiblemente molesta por el comentario de su marido.

-          Giselle, ya sabes que pierdo el conocimiento con facilidad, tampoco hay que alarmarse tanto, ni que no me conocieras…-contestó Antoine, con tono socarrón, aunque se le notaba que no quería seguir hablando del tema.

-          Pero papá, ¿cuánto tiempo llevas con esas ruedas? ¿¡Tienes idea de lo peligroso que es eso!? – clamó Sophie.

-          Por favor – imploró, llevándose una mano a la cabeza, con expresión de dolor –, ahora no quiero que entre las dos me riñáis. Creo que ya me he enterado bastante bien de los peligros que atañe ir conduciendo con lluvia y sin las suficientes precauciones.

-          Pues espero que no se te olvide, Antoine. Tu hija necesita un padre, y yo un marido. Así que necesito que seas más responsable la próxima vez.

En ese momento, un médico entró en la habitación donde se hallaba la familia y la discusión se zanjó de inmediato.

-          Bueno, tras haberle realizado la radiografía, hemos encontrado el diagnóstico: tiene usted un latigazo cervical. La pérdida de conocimiento nos ha dejado un poco inquietos y por eso le hemos dejado en observación todo este rato, pero ahora ya estamos totalmente seguros de que fue producto de su tensión y que este hecho no ha dejado ninguna secuela física ni mental.

-          ¡Menos mal! –intervino Giselle, aliviada – Y doctor, ¿cómo podemos solucionar el tema del latigazo?

-          Tendrá que hacer rehabilitación durante un par de semanas para solucionar el problema y evitar complicaciones.

-          ¡Por Dios! ¿¿Dos semanas?? Tenía planeado un viaje de negocios importante…

-          ¡Antoine Villanueve! ¿Me estás diciendo que ese estúpido viaje con tus socios en el que lo único que vais a hacer va a ser jugar al golf es más importante que tu salud? – el tono de la madre de Sophie no podría mostrar más enfado.

-          Pero…

-          ¡No hay peros que valgan!

-          Bueno – intervino el médico entonces, con gesto incómodo – Me temo que tengo otros pacientes que me necesitan… Les dejo que lo hablen a solas.

-          Gracias, doctor.

Media hora después, la familia ya estaba en el coche rumbo a su hogar en Rochefort-en-Terre, mucho más relajados, aunque la madre de Sophie seguía algo molesta con su marido.
-          ¡Qué bien que hayas venido, Sophie! – exclamó el padre, feliz por ver a su hija.

-          ¿Qué tal en clase, cariño? ¿Hay algún novio a la vista? – preguntó la madre con picardía.

-          Giselle, aún es demasiado joven para tener novio, ¿no crees?

-          Antoine, ya tiene diecinueve años, ¿cuándo la vas a dejar de ver como una niña?

Sophie no daba crédito. Hasta hacía tan solo una hora, ella estaba con los nervios de punta por lo que le había sucedido a su padre, y ahora ellos estaban tan alegremente riéndose y entrometiéndose en su vida privada como si tal cosa.

-          Sophie – inició la madre, de nuevo, con tono serio y triste –, creo que te debo una disculpa. Esta madrugada al llamarme los servicios de emergencia para decirme que tu padre había tenido un accidente de coche y estaba inconsciente casi me da algo. Seguramente no te debería haber llamado, pero es que por un momento necesitaba…

-          Mamá, por favor, no te disculpes. Has hecho bien en llamarme, de verdad. Me alegro de estar aquí con vosotros.

-          ¡Y nosotros también nos alegramos! – exclamó Antoine – Que una visita de vez en cuando no viene mal a nadie, ¿no crees?

-          ¡Os vine a ver hace dos meses! – se defendió Sophie.

-          Sí, por el cumpleaños de tu madre, si no, ni eso.

Sophie prefirió no contestar porque sabía que, si lo hacía, podían llegar a enzarzarse en una discusión que no iba a llevar a ninguna parte. Era cierto que a ella le gustaba cada vez más estar en la capital, pero ¿y a quién no?

París, con sus monumentos, su infinidad de recursos, su ocio… provocaba en Sophie un gran sentimiento cada vez que pisaba sus calles. Estaba enamorada de esa ciudad, no había duda.

Le encantaba el pueblo en el que había crecido, pero, al mismo tiempo, deseaba también desarrollar su vida lejos de la protección de sus lindes.

Al fin, llegaron a Rochefort-en-Terre.

Cuando se llegaba allí, era como si se diese un salto atrás en el tiempo a otra época en el que las cosas materiales no tenían tanta importancia y prevalecían la tradición, la familia y el amor.

Sus callejuelas adoquinadas, perfectamente cuidadas, sus casas antiguas de granito con tejados de pizarra, sus bosques, sus murallas y su castillo, hacían de este lugar una joya erguida sobre un peñasco rocoso.

Multitud de jardines con flores engalanaban el pueblo, que lucía orgulloso mientras los turistas no paraban de hacerse fotos.

Desde hacía unos años, el pueblo había ganado popularidad, pues había sido catalogado como “Pequeña Ciudad de Carácter”.

Parecían cuidarse todos los detalles, pues las tiendas, las galerías, los talleres de artistas y hasta los rótulos estaban armonizados con lo que querían transmitir los habitantes de Rochefort-en-Terre a todo aquel que les visitase.

Tuvieron que zascandilear un poco con el coche, pues esta “pequeña ciudad” era totalmente peatonal.

-          Este pueblo es muy bonito, pero para ir con el coche es una locura… – se quejó Giselle, como siempre, mientras tomaba la siguiente curva a la derecha en dirección a su domicilio.

Pocos minutos después, ya estaban por fin aparcados enfrente de su casa.

Se trataba de un chalé independiente distribuido en dos plantas y una buhardilla. La fachada era de ladrillo visto, y de sus ventanas y balcones colgaban numerosos geranios y campánulas.

En el lado opuesto de la casa, se hallaba una gran piscina cubierta.

Sophie recordó con nostalgia que siempre que volvía de las clases, se bañaba durante horas liberando toda la tensión acumulada en el día.

-  ¿Te vas a quedar ahí para siempre, ma belle? – preguntó su madre, con suavidad.

La chica se había quedado parada unos pasos antes de llegar al umbral de la puerta, absorbiendo todos los recuerdos que le llegaban de esa casa.

La pregunta de la madre provocó que despertase y se dispusiera a entrar, pero entonces un enorme husky siberiano, blanco y negro y con los ojos azules, llegó corriendo desde el interior de la casa hasta ella.

-          ¡Lobo! – exclamó.

Sophie enseguida le acarició detrás de las orejas, y él le lamió la cara, haciendo que ésta riese de felicidad, olvidando por completo toda la angustia que había sufrido horas atrás.
Había echado mucho de menos todo aquello, a pesar de que en demasiadas ocasiones intentase negárselo a sí misma.


Un par de horas más tarde, mientras sus padres descansaban, Sophie salió a dar una vuelta por el pueblo para estirar las piernas.

Iba sin rumbo fijo, dejándose llevar por el buen olor y el ambiente del pueblo, por su belleza y por su gente, que todavía seguían conservando esa humildad y cercanía que tanto les caracterizaba.

Sus pasos la llevaron a la pintoresca Place du Puits, donde era famoso el pozo repleto de flores en medio de la plaza, así como las casas de madera.

De pronto, y para sorpresa de Sophie, sus tripas sonaron, y se acordó entonces de que aún no había comido nada desde la noche anterior.

Como si de algo instintivo se tratase, sus ojos se posaron en una chocolatería que debía de estar abierta desde hacía poco porque no la había visto nunca antes. Se llamaba “El dulce encanto”.

Llevada por el hambre y la curiosidad, entró a pedir un café y una napolitana de crema.

El interior era muy tranquilo, lo cual era perfecto para Sophie, ya que después de la noche que había pasado, lo que menos le apetecía era el bullicio y descontrol de otros locales gastronómicos que conocía.

Destacaba el suelo impecable de madera de arce, que contrastaba fuertemente con las mesas y sillas de color wengué.

La decoración en sí era bastante sobria, pero sobre una de las paredes, lisas y blancas, se podía observar un cuadro muy colorido de la Gran Vía de Madrid.

Sophie la reconoció de inmediato, ya que el año anterior, al acabar el instituto, había viajado a España junto con Cloe y Nicole, sus amigas de la infancia.

Aquel viaje fue como una despedida, pues las tres sabían que al siguiente año todas tomarían caminos diferentes para continuar sus estudios y que ya la comunicación no podría ser la misma.

Madrid era una ciudad encantadora en todos los sentidos que poseía una magia especial.

A sus amigas y a ella les gustaba salir bien temprano del hotel para recorrer cada rincón y hacerse miles de fotos.

Lo cierto es que en ese viaje Sophie se lo pasó fenomenal, aunque el último día ocurrieron varias cosas relacionadas con Nicole de las que conservaba muy mal recuerdo.

Se preguntó por qué ese cuadro estaría colgado allí.

Mientras se iba acercando a la barra para pedir el desayuno, pensó que quizás ahora que estaba en el pueblo podía aprovechar para llamar a Cloe para ver si estaba y, si era así, tomar algo juntas.

En ese momento calló en la cuenta de que la echaba mucho de menos. Cloe era una chica muy divertida con la que una podía pasar horas y horas hablando y riendo.

Habían sido meses de mucho esfuerzo académico y, como consecuencia, Sophie se había alejado bastante de todo lo que para ella era familiar.

El camarero estaba de espaldas a la barra secando unas tazas con un paño a cuadros rojos y blancos.

- Disculpe – inició Sophie a media voz, sacando a relucir su timidez innata.

El hombre se volvió con una sonrisa en los labios. Tenía la cara fina y algo castigada por los años, no obstante, su gesto era muy amigable, como solo las verdaderas buenas personas lo tienen.

Su frente tenía tres arrugas bien marcadas, seguramente por su arqueo constante de cejas, que eran bastante espesas.

Sus ojos azulados y despiertos no podían ocultar una tristeza extraña que contrastaba con la felicidad que pretendía transmitir el resto de su cara.

Su cabello, prácticamente blanco en su totalidad, y ondulado, a pesar de llevarlo corto, se movía rebeldemente por su cabeza.

A Sophie de inmediato le transmitió mucha confianza aquel hombre.

-         ¿En qué puedo ayudarle?

-        Quisiera un café y una napolitana de crema, por favor.

-         Claro, siéntese donde quiera, señorita. Yo ahora mismo se lo llevo.

-        Muchas gracias.

Se sentó en una mesa que daba a un pequeño parque donde los árboles se mecían lentamente al son del aire que los azotaba.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que, a pesar de llevar el móvil con el volumen al máximo, por un buen rato no escuchó que alguien la estaba llamando por teléfono: se trataba de Max.

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PREÁMBULO

Sophie iba corriendo por la calle. Sus lágrimas se confundían con el agua procedente del torrencial aguacero que, de un momento a otro, ...