Tardó
diez minutos en llegar desde la estación de trenes hasta el Hospital Center
Chubert.
Andaba
a toda prisa y sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.
Cuando
llegó a la habitación del hospital y vio a su padre tendido en la camilla, con
el cuerpo y la cara magullados, se abalanzó sobre él con los ojos anegados en
lágrimas.
-
¡¡Papá!! ¿Cómo estás, papá?
-
¡Hija mía! – exclamó, respondiéndole al
abrazo tiernamente – ¡Pensé que no sabías nada!
-
Mamá me lo ha contado – musitó la
chica.
-
¡Aaaaay Giselle! No deberías haber
asustado a la niña – reprendió el padre a la madre de Sophie.
Madre e hija también se abrazaron, y en
ese cariño liberaron un poco de la tensión sufrida durante toda la madrugada.
-
¡Y tú deberías haber cambiado ya los
neumáticos a tu coche sabiendo lo mucho que está lloviendo estos días, Antoine!
¡Del golpe has perdido el conocimiento! ¡Te has librado esta vez, pero quién
sabe lo que te podría haber ocurrido! – replicó ésta, a gritos, cuando terminó
de abrazar a su hija, visiblemente molesta por el comentario de su marido.
-
Giselle, ya sabes que pierdo el
conocimiento con facilidad, tampoco hay que alarmarse tanto, ni que no me
conocieras…-contestó Antoine, con tono socarrón, aunque se le notaba que no
quería seguir hablando del tema.
-
Pero papá, ¿cuánto tiempo llevas con
esas ruedas? ¿¡Tienes idea de lo peligroso que es eso!? – clamó Sophie.
-
Por favor – imploró, llevándose una
mano a la cabeza, con expresión de dolor –, ahora no quiero que entre las dos
me riñáis. Creo que ya me he enterado bastante bien de los peligros que atañe
ir conduciendo con lluvia y sin las suficientes precauciones.
-
Pues espero que no se te olvide,
Antoine. Tu hija necesita un padre, y yo un marido. Así que necesito que seas
más responsable la próxima vez.
En ese momento, un médico entró en la
habitación donde se hallaba la familia y la discusión se zanjó de inmediato.
-
Bueno, tras haberle realizado la
radiografía, hemos encontrado el diagnóstico: tiene usted un latigazo cervical.
La pérdida de conocimiento nos ha dejado un poco inquietos y por eso le hemos
dejado en observación todo este rato, pero ahora ya estamos totalmente seguros
de que fue producto de su tensión y que este hecho no ha dejado ninguna secuela
física ni mental.
-
¡Menos mal! –intervino Giselle,
aliviada – Y doctor, ¿cómo podemos solucionar el tema del latigazo?
-
Tendrá que hacer rehabilitación durante
un par de semanas para solucionar el problema y evitar complicaciones.
-
¡Por Dios! ¿¿Dos semanas?? Tenía
planeado un viaje de negocios importante…
-
¡Antoine Villanueve! ¿Me estás diciendo
que ese estúpido viaje con tus socios en el que lo único que vais a hacer va a
ser jugar al golf es más importante que tu salud? – el tono de la madre de
Sophie no podría mostrar más enfado.
-
Pero…
-
¡No hay peros que valgan!
-
Bueno – intervino el médico entonces,
con gesto incómodo – Me temo que tengo otros pacientes que me necesitan… Les
dejo que lo hablen a solas.
-
Gracias, doctor.
Media hora después, la familia ya
estaba en el coche rumbo a su hogar en Rochefort-en-Terre, mucho más relajados,
aunque la madre de Sophie seguía algo molesta con su marido.
-
¡Qué bien que hayas venido, Sophie! –
exclamó el padre, feliz por ver a su hija.
-
¿Qué tal en clase, cariño? ¿Hay algún
novio a la vista? – preguntó la madre con picardía.
-
Giselle, aún es demasiado joven para
tener novio, ¿no crees?
-
Antoine, ya tiene diecinueve años,
¿cuándo la vas a dejar de ver como una niña?
Sophie no daba crédito. Hasta hacía tan
solo una hora, ella estaba con los nervios de punta por lo que le había
sucedido a su padre, y ahora ellos estaban tan alegremente riéndose y
entrometiéndose en su vida privada como si tal cosa.
-
Sophie – inició la madre, de nuevo, con
tono serio y triste –, creo que te debo una disculpa. Esta madrugada al
llamarme los servicios de emergencia para decirme que tu padre había tenido un
accidente de coche y estaba inconsciente casi me da algo. Seguramente no te
debería haber llamado, pero es que por un momento necesitaba…
-
Mamá, por favor, no te disculpes. Has
hecho bien en llamarme, de verdad. Me alegro de estar aquí con vosotros.
-
¡Y nosotros también nos alegramos! –
exclamó Antoine – Que una visita de vez en cuando no viene mal a nadie, ¿no
crees?
-
¡Os vine a ver hace dos meses! – se
defendió Sophie.
-
Sí, por el cumpleaños de tu madre, si no,
ni eso.
Sophie prefirió no contestar porque
sabía que, si lo hacía, podían llegar a enzarzarse en una discusión que no iba
a llevar a ninguna parte. Era cierto que a ella le gustaba cada vez más estar
en la capital, pero ¿y a quién no?
París, con sus monumentos, su infinidad
de recursos, su ocio… provocaba en Sophie un gran sentimiento cada vez que
pisaba sus calles. Estaba enamorada de esa ciudad, no había duda.
Le encantaba el pueblo en el que había
crecido, pero, al mismo tiempo, deseaba también desarrollar su vida lejos de la
protección de sus lindes.
Al fin, llegaron a Rochefort-en-Terre.
Cuando se llegaba allí, era como si se
diese un salto atrás en el tiempo a otra época en el que las cosas materiales
no tenían tanta importancia y prevalecían la tradición, la familia y el amor.
Sus callejuelas adoquinadas,
perfectamente cuidadas, sus casas antiguas de granito con tejados de pizarra,
sus bosques, sus murallas y su castillo, hacían de este lugar una joya erguida
sobre un peñasco rocoso.
Multitud de jardines con flores engalanaban
el pueblo, que lucía orgulloso mientras los turistas no paraban de hacerse
fotos.
Desde hacía unos años, el pueblo había
ganado popularidad, pues había sido catalogado como “Pequeña Ciudad de
Carácter”.
Parecían cuidarse todos los detalles,
pues las tiendas, las galerías, los talleres de artistas y hasta los rótulos
estaban armonizados con lo que querían transmitir los habitantes de
Rochefort-en-Terre a todo aquel que les visitase.
Tuvieron que zascandilear un poco con
el coche, pues esta “pequeña ciudad” era totalmente peatonal.
-
Este pueblo es muy bonito, pero para ir
con el coche es una locura… – se quejó Giselle, como siempre, mientras tomaba
la siguiente curva a la derecha en dirección a su domicilio.
Pocos minutos después, ya estaban por
fin aparcados enfrente de su casa.
Se trataba de un chalé independiente
distribuido en dos plantas y una buhardilla. La fachada era de ladrillo visto,
y de sus ventanas y balcones colgaban numerosos geranios y campánulas.
En el lado opuesto de la casa, se
hallaba una gran piscina cubierta.
Sophie recordó con nostalgia que
siempre que volvía de las clases, se bañaba durante horas liberando toda la
tensión acumulada en el día.
- ¿Te vas a quedar ahí para siempre, ma belle? – preguntó su madre, con
suavidad.
La chica se había quedado parada unos
pasos antes de llegar al umbral de la puerta, absorbiendo todos los recuerdos que
le llegaban de esa casa.
La pregunta de la madre provocó que
despertase y se dispusiera a entrar, pero entonces un enorme husky siberiano,
blanco y negro y con los ojos azules, llegó corriendo desde el interior de la
casa hasta ella.
-
¡Lobo! – exclamó.
Sophie enseguida le acarició detrás de
las orejas, y él le lamió la cara, haciendo que ésta riese de felicidad,
olvidando por completo toda la angustia que había sufrido horas atrás.
Había echado mucho de menos todo
aquello, a pesar de que en demasiadas ocasiones intentase negárselo a sí misma.
Un par de horas más tarde, mientras sus
padres descansaban, Sophie salió a dar una vuelta por el pueblo para estirar
las piernas.
Iba sin rumbo fijo, dejándose llevar por
el buen olor y el ambiente del pueblo, por su belleza y por su gente, que
todavía seguían conservando esa humildad y cercanía que tanto les
caracterizaba.
Sus pasos la llevaron a la pintoresca
Place du Puits, donde era famoso el pozo repleto de flores en medio de la
plaza, así como las casas de madera.
De pronto, y para sorpresa de Sophie,
sus tripas sonaron, y se acordó entonces de que aún no había comido nada desde
la noche anterior.
Como si de algo instintivo se tratase,
sus ojos se posaron en una chocolatería que debía de estar abierta desde hacía
poco porque no la había visto nunca antes. Se llamaba “El dulce encanto”.
Llevada por el hambre y la curiosidad,
entró a pedir un café y una napolitana de crema.
El interior era muy tranquilo, lo cual
era perfecto para Sophie, ya que después de la noche que había pasado, lo que
menos le apetecía era el bullicio y descontrol de otros locales gastronómicos
que conocía.
Destacaba el suelo impecable de madera
de arce, que contrastaba fuertemente con las mesas y sillas de color wengué.
La decoración en sí era bastante
sobria, pero sobre una de las paredes, lisas y blancas, se podía observar un
cuadro muy colorido de la Gran Vía de Madrid.
Sophie la reconoció de inmediato, ya
que el año anterior, al acabar el instituto, había viajado a España junto con
Cloe y Nicole, sus amigas de la infancia.
Aquel viaje fue como una despedida,
pues las tres sabían que al siguiente año todas tomarían caminos diferentes
para continuar sus estudios y que ya la comunicación no podría ser la misma.
Madrid era una ciudad encantadora en
todos los sentidos que poseía una magia especial.
A sus amigas y a ella les gustaba salir
bien temprano del hotel para recorrer cada rincón y hacerse miles de fotos.
Lo cierto es que en ese viaje Sophie se
lo pasó fenomenal, aunque el último día ocurrieron varias cosas relacionadas
con Nicole de las que conservaba muy mal recuerdo.
Se preguntó por qué ese cuadro estaría
colgado allí.
Mientras se iba acercando a la barra
para pedir el desayuno, pensó que quizás ahora que estaba en el pueblo podía
aprovechar para llamar a Cloe para ver si estaba y, si era así, tomar algo
juntas.
En ese momento calló en la cuenta de
que la echaba mucho de menos. Cloe era una chica muy divertida con la que una podía
pasar horas y horas hablando y riendo.
Habían sido meses de mucho esfuerzo
académico y, como consecuencia, Sophie se había alejado bastante de todo lo que
para ella era familiar.
El camarero estaba de espaldas a la
barra secando unas tazas con un paño a cuadros rojos y blancos.
- Disculpe – inició Sophie a media voz,
sacando a relucir su timidez innata.
El hombre se volvió con una sonrisa en
los labios. Tenía la cara fina y algo castigada por los años, no obstante, su
gesto era muy amigable, como solo las verdaderas buenas personas lo tienen.
Su frente tenía tres arrugas bien
marcadas, seguramente por su arqueo constante de cejas, que eran bastante
espesas.
Sus ojos azulados y despiertos no
podían ocultar una tristeza extraña que contrastaba con la felicidad que
pretendía transmitir el resto de su cara.
Su cabello, prácticamente blanco en su
totalidad, y ondulado, a pesar de llevarlo corto, se movía rebeldemente por su
cabeza.
A Sophie de inmediato le transmitió
mucha confianza aquel hombre.
- ¿En qué puedo ayudarle?
- Quisiera un café y una napolitana de
crema, por favor.
- Claro, siéntese donde quiera, señorita.
Yo ahora mismo se lo llevo.
- Muchas gracias.
Se sentó en una mesa que daba a un
pequeño parque donde los árboles se mecían lentamente al son del aire que los
azotaba.
Estaba tan absorta en sus pensamientos
que, a pesar de llevar el móvil con el volumen al máximo, por un buen rato no
escuchó que alguien la estaba llamando por teléfono: se trataba de Max.
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