Jamás Sophie había experimentado una
sensación así, como si el corazón se le fuese a salir del pecho de la pura
angustia que sentía.
Con congoja y nerviosismo metió a toda
prisa dos pantalones y tres suéteres en su gran mochila de color rosa chillón
que siempre guardaba bajo la cama.
Calculaba que estaría fuera, como
mínimo, todo el fin de semana.
Sin apenas mirarse en el espejo, se ató
una coleta alta y se puso lo primero que encontró en la silla con ropa usada
que se hallaba muy cerca de la puerta de la habitación. Se había prometido a sí
misma que esa semana ordenaría todo, pero ya nada tenía importancia en estos
momentos.
Eran las cinco de la madrugada y ahora tan
solo podía pensar en salir cuanto antes de su casa y coger el primer metro del
día, que pasaba a las cinco y treinta y cinco.
Mientras se vestía, miró por la
ventana. A pesar de vivir en una calle principal, a esas horas no pasaba un
alma. Sabía que le daría miedo salir a la calle por si le pudiera pasar algo,
pero se armó de valor: su familia la necesitaba.
Su madre había sido la persona que la
había llamado a esas horas tan intempestivas para darle la horrible noticia de
que su padre había sufrido un accidente de coche y estaba ahora en el hospital.
Sophie no podía si quiera imaginarse
que su padre desapareciese del mundo. La sola idea la hacía temblar y bañársele
los ojos de lágrimas.
Traspasó casi corriendo el salón de su
casa y cogió las llaves.
Justo antes de decidirse a abrir la
puerta del piso, dio una vuelta lenta sobre sí misma, revisando si se dejaba
algo encendido o que le fuera a ser de utilidad durante el tiempo que estuviese
fuera. No pudo evitar dejar escapar un sollozo de desconsuelo mientras cerraba
la puerta de la casa.
Prefirió utilizar las escaleras en
lugar de bajar en ascensor, pues lo único que faltaba ahora era que éste se
parase y, por tanto, no llegase a tiempo para coger el transporte.
Los peldaños de madera envejecida y
reseca cedían a su paso y crujían demasiado ruidosamente para las horas que aún
eran.
Ya en el portal, encontró a dos chicos
besándose apasionadamente. Esa imagen provocó que se acordase de Max, y pensó
que debería avisarle para que supiese que al día siguiente no podrían verse.
Resolvió internamente que un par de horas más tarde le escribiría un mensaje
alertándole de la situación, aunque sin saber por qué, no tenía ganas de
hacerlo.
Repentinamente, todo lo que hasta hacía
tan solo unas horas la importaba (los estudios, Max, vivir en la ciudad,
convertirse en una chica popular…), la resultaba ahora indiferente y sólo podía
centrarse en su familia.
La estación de La Motte-Picquet estaba
a sólo cinco minutos de su casa y Sophie iba casi corriendo, pensando, en una
idea ingenua que, si ella llegaba antes al andén, tal vez el metro llegara
antes también.
De pronto, un ruido se escuchó en la
espalda de Sophie, quien velozmente se volvió, sobresaltada.
Suspiró. Sólo era un gato callejero comiendo
de la basura de un contenedor: una lata se había resbalado y al rodar por el
suelo, en medio del mutismo y la oscuridad, había provocado un gran estruendo.
Finalmente, llegó a la estación con el
corazón latiéndole a mil por hora.
El metro llegó puntual, a la hora que
tenía marcada.
Muchos eran los jóvenes que tomaban el
transporte a esas horas para volver a sus respectivos hogares después de una
larga noche de fiesta.
Sophie se sorprendió descubriendo el
contraste entre la cantidad de gente que había dentro del subterráneo y los
solitarios paseos que había dejado atrás.
Con algo de esfuerzo consiguió pasar
por detrás de un grupo de personas claramente perjudicadas por el alcohol y se
sentó en uno de los asientos libres del fondo.
Las estaciones pasaban muy lentamente
para Sophie, a pesar de que el trayecto en metro tan solo sería de cinco
minutos hasta llegar a Montparnasse, donde tomaría un TGV hasta Vannes, que era
donde se hallaba el hospital en el que atendían a su padre.
Se culpaba un poco a sí misma por no ir
directamente conduciendo hasta allí, ya que de esta manera tardaría mucho
menos, pero admitía que su coche necesitaba alguna que otra revisión y que,
además, no le gustaba recorrer grandes distancias en carretera, pues era una
persona muy insegura.
Sacó los auriculares de su mochila para
intentar mitigar los nervios que sentía y los conectó a su móvil para escuchar sus
canciones favoritas y así distraer la atención en algo más relajante.
Sintió algo de alivio cuando el metro
hizo su parada en Pasteur, la última estación antes de su destino.
De manera automática, enfocó su vista
hacia la puertas del metro justo cuando éstas se estaban cerrando y… fue en ese
momento cuando se dio cuenta de que un chico muy atractivo acababa de entrar en
el vagón donde ella se encontraba.
Era un joven alto y esbelto, de pelo
moreno y con la tez clara. Su rostro
tenía forma ovalada y lo adornaban una nariz perfecta, muy varonil, y unos
labios que Sophie no podía dejar de mirar.
Llevaba un abrigo de traje con el que
se adivinaban su anchura de hombros y su fibrosa figura.
Sophie pensó que debía de tener unos
años más que ella, aunque eso no lo podría decir con seguridad, pues se le daba
muy mal echar la edad a los chicos, y más aún, cuando llevaban barba, como era
el caso de este joven.
El chico eligió por sitio para sentarse
el que estaba justo enfrente de Sophie. Parecía estar agotado.
Ella pensó que probablemente volviese a
casa después de un largo día e intentó adivinar cómo era su vida.
De pronto, los grandes y expresivos ojos
color miel del chico se enfocaron en ella con una expresión extraña.
Sophie se quedó sin respiración durante
dos segundos, pasándosele mil cosas por la cabeza.
No podía, ni quería, apartar su vista
de él.
Él la estaba mirando como si ya la
conociese.
Ella estaba abrumada, quería decir
algo, ¿pero qué?
Él sacudió entonces la cabeza, como
negándose algo a sí mismo, y cerró los ojos recostándose contra el asiento con
la clara intención de dormir.
Ella reprimió un suspiro, azorada.
El metro llegó al fin a Montparnasse.
Sophie cogió su mochila, pero justo
antes de salir del metro, miró al chico y, sin saber por qué, por un instante deseó
tener el valor suficiente para decirle algo y quedarse junto a él un rato más.
Un cuarto de hora más tarde, ya había
comprado el billete para el TGV y estaba dentro del tren buscando el asiento
que se le había asignado.
La esperaban dos horas y media de
trayecto hasta Vannes, así que ella, que se mareaba fácilmente, había escogido
un sitio que estuviera al lado de la ventanilla. Encontró el suyo muy cerca del
vagón restaurante y no se lo pensó dos veces antes de sentarse. Estaba
realmente cansada.
Notaba cómo sus ojos se iban cerrando
poco a poco hasta que ya no pudo contenerse más y se rindió a los brazos de
Morfeo.
Despertó al cabo de dos horas.
Durante los dos primeros minutos lúcida
tras su letargo se encontraba confusa y desorientada. No lograba recordar dónde
estaba.
El tren acababa de llegar a un túnel
muy oscuro. Apenas se veía nada, pero pudo distinguir perfectamente que en las
butacas de su alrededor no se encontraba nadie sentado.
-
¿Dónde estoy? - preguntó a la nada,
asustada.
No había movimiento. Parecía que el
tren se había parado.
Muy despacio, se quitó el cinturón de
seguridad, se puso en pie y observó que las puertas del tren estaban abiertas
de par en par.
Se acercó a ellas y dudó un instante,
pero no quería quedarse allí, así que saltó al exterior.
Afuera, tampoco había nadie. Solo
mutismo, oscuridad y frío.
Sophie estaba empezando a asustarse de
verdad.
Entonces, lo vio.
¡El chico que había visto antes en el
metro estaba justo al otro lado del túnel!
¡Parecía que la estaba esperando,
invitándola a ir con él!
Sus ojos la miraban intensamente y su
pelo se alborotaba un poco por el aire que hacía en el exterior.
Ella, de pronto, dejó de sentirse
asustada.
Una fuerza irrefrenable que emanaba de
su pecho provocó que empezara a correr hacia él sin mirar atrás un instante,
con el deseo y las ansias de alcanzarle.
Pero, por mucho que aumentaba la
velocidad en sus piernas, no conseguía llegar hasta él y siempre se hallaba a
la misma distancia.
Empezaba a sentirse fatigada. Su cuerpo
le pedía a gritos que parase, pero ella no quería hacerlo.
Unas palabras salieron de pronto de la
boca del chico:
-
Señorita…señorita, despiértese.
Sophie murmuró unas palabras
ininteligibles y movió los brazos de tal manera que casi da al pobre revisor.
-
Señorita – insistió, esta vez con un
poco menos de paciencia – por favor, abra los ojos.
El autobús ya ha llegado a
su destino.
Con dificultad, Sophie fue abriendo los
ojos poco a poco.
La luz del sol que entraba por las
ventanas la cegó por un momento, pero se repuso rápidamente.
Ya habían bajado casi todos los
pasajeros.
Sophie resopló mientras se incorporaba
y cogía la mochila que había dejado en el compartimento para bolsos.
Mientras caminaba hacia la salida,
intentó recordar lo que acababa de soñar, pero por algún motivo, le resultó
imposible.
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