lunes, 11 de marzo de 2019

CAPÍTULO 2: Del vaso medio lleno o medio vacío de Gibus Club


Max y el resto de su pandilla llevaban ya media hora en Gibus Club.

Las luces de aquella pequeña discoteca parisina y el ambiente cosmopolita que se respiraba se fusionaban con el embravecimiento de la gente que bailaba desde hacía rato sin cesar, en parte, por culpa del alcohol ingerido por éstos, y también por las mezclas electrónicas que realizaba el dj desde su mesa.

Se mirara adonde se mirase, la sala estaba atestada pues, como cada jueves, la mayoría de los alumnos de las universidades de París solían ir a aquel lugar para “liberarse” de la tensión sufrida durante toda la semana, ya que el viernes muchos o no tenían clase, o solo tenían una o dos.

-          ¿Crees que vendrá? – preguntó Dean, el mejor amigo de Max, mientras ambos tomaban sendos cócteles Kir.

-          Seguro que sí – respondió Max con una media sonrisa – Ella y su amiga nunca salen de fiesta así que no creo que hoy dejen pasar esta oportunidad.

-          Me pregunto por qué te apostaste con Willy que conseguirías acostarte con ella… con la cantidad de chicas bonitas que hay en clase. – opinó su amigo con estupefacción.

-          ¡Dean, hermano – Max le puso una mano en el hombro como si fuese su mentor –, tienes tanto que aprender! Al resto de chicas es fácil tenerlas, pero Sophie es diferente. Ella siempre tiene la cabeza enfocada en sus estudios, sus lecturas y en ese estúpido viaje que quiere hacer al año que viene a Alemania. Nunca se fija en ningún chico porque ¿sabes qué es?

-          Mmm…no – Dean aún no entendía.

-          ¡Difícil! ¡Ja! Ella es una chica difícil. Pero yo la voy a convertir en fácil, ¡ésa es la apuesta!

Dean le miró con una expresión extraña, como si pensase que su amigo, el cual conocía desde hacía diez años, de pronto tuviese una enajenación mental. Le iba a volver a contestar algo, pero prefirió contenerse y simplemente asentir con la cabeza.

En ese momento, se abrió la puerta del local al tiempo en que un ruido enorme de motor resonaba por la calzada. Dos chicas que acababan de entrar a la discoteca pasaron al lado de Max diciendo:

-          ¿Has visto el ruido que hacía ese coche?

-           ¡Dios mío! ¿De dónde lo habrá sacado esa chica? ¿¿Del desguace??

Max sonrió: sabía que era el momento de poner su plan en marcha. Con una sola mirada, marcó al camarero de la barra que era el momento de actuar.
Se acercó lentamente a la puerta de entrada y, cuando llegó, se quedó inmóvil como una estatua, esperando ver a Sophie traspasar el umbral de la puerta.

Pero ni por asomo podía adivinar lo que sus ojos verían dos minutos más tarde.

Una chica con una gran cabellera ondulada, de un color aún más oscuro que la más negra piedra azabache, acababa de entrar a la discoteca. Sus ojos, marrones, tan comunes como bonitos, estaban adornados por sus abundantes y espesas pestañas negras, y por sus cejas, delgadas y un poco alzadas, que enmarcaban la sorpresa que sentía al ver a muchos de sus compañeros allí. Su nariz era pequeña, al igual que su boca, cuyos labios se habían vestido en aquella ocasión de color rojo intenso. Ella sonreía, mostrando en sus gestos inconscientes la agitación y el nerviosismo que sentía. Sus dientes eran pequeños, blancos, como pequeñas perlas ocultas tras el fuego de sus labios.
Se podía adivinar la forma de su pecho por el escotado vestido plateado que llevaba, el cual le quedaba un poco ancho, ya que era de su amiga Charlotte.
Más de un chico volvía su mirada hacia ella y, tras reconocerla como la empollona de su clase, se la quedaban mirando boquiabiertos convencidos de que estaban teniendo un delirio a causa del alcohol.
Max por un momento se olvidó de su plan y sólo se centró en aquella preciosa chica cuya cara y cuerpo se ocultaban todos los días debajo de una coleta mal hecha, unas enormes gafas de pasta y un jersey demasiado ancho.

-          Hola Sophie – saludó un sorprendido Max.

-          ¿Qué tal? – preguntó Sophie a modo de saludo. Cada vez estaba más nerviosa.

-          ¡Estás muy guapa!

-          Gracias – contestó ella, sonriendo.

Le parecía raro que ese chico la piropease y que se mostrase tan atento con ella, en vez de estar hablando con sus otras compañeras de clase, que la miraban con desprecio.

-          ¿Quieres tomar una copa conmigo? – preguntó Max, con cara de no haber roto un plato en su vida.

-          ¡Me parece una buena idea!

Estupendo. El plan de Max ya estaba en marcha y cada vez era más probable que se saliese con la suya.

-          ¿Qué queréis tomar? – les preguntó el camarero con una sonrisa que a Sophie le generó desconfianza.

-          Para mí lo de siempre, Louis, y para esta hermosura…

-          Para mí una Coca-Cola – pidió la chica, intentando no hacer mención a lo que el chico acababa de decir sobre ella – Tengo que conducir después.

Max al escuchar esto se acercó lentamente al oído de Sophie y le dijo susurrando:

-          Quizá esta vez sea yo el que te lleve a tu casa…

Sophie enrojeció al instante. Su corazón le latía cada vez más deprisa y sus manos temblaban de los nervios que sentía. Realmente, Max era un muchacho muy atractivo.

Ella intentaba dejarse llevar y simplemente disfrutar de estar con un chico guapo que parecía que la deseaba.
Sin embargo, una vocecilla interna que Sophie trataba de acallar seguía preguntando incesantemente si realmente eso era lo que estaba buscando y si aquélla era su idea del amor.

El camarero acababa de preparar las bebidas que habían pedido.

Sophie, apurada por ver si llevaba dinero en el bolso para pagar, desacostumbrada a que se le invitase a la consumición, no vio cómo Max le hacía un gesto al camarero que haría que ambos se sonriesen.

Al instante siguiente, Sophie tenía el pelo y parte del vestido totalmente mojados de Coca-Cola.

Por un momento, la muchacha se quedó en shock: ni siquiera sabía lo que había ocurrido.

Fue como si despertase de un sueño. Tenía frío y además, sabía que había llamado la atención, pues escuchaba risas a su espalda.

Quiso romper a llorar. Sentía que esas cosas sólo la pasaban a ella.

-          ¿Qué has hecho, subnormal? – preguntó Max de pronto al camarero, con ojos furiosos.

-          ¡Se me ha resbalado el vaso de las manos! Lo siento, chica – se disculpó éste, con un tono de voz que a Sophie le pareció burlón.

Cada vez más personas del local los miraban, y Sophie se moría de la vergüenza.

Max rodeó a la muchacha con su brazo, infundiéndola protección y calor.

-          Vámonos. Éste no es lugar para ti.

Ella obedeció. Estaba asustada. No entendía por qué había ido esa noche a la fiesta… ¡si hacía un año que no salía! Se sentía ridícula y estúpida.

Caminaron rápidamente hacia la puerta del local. Hasta llegar a su destino, se fue cruzando con muchas chicas que se la quedaban mirando horrorizadas por el aspecto de ésta.

“Jamás seré como ellas - pensaba Sophie –, ha sido una locura intentar serlo”.

Con lágrimas en los ojos, fue a abrir la puerta del local, pero Max lo hizo por ella.

-          Pasa, Sophie. Te acompaño a tu casa.

El calor que hacía dentro de la discoteca contrastaba fuertemente con el frío primaveral parisino que se calaba hasta los huesos.
Sophie se acordó de que había dejado olvidado su chaquetón en el coche, y se culpó a sí misma por su mala cabeza.

-          Ten mi abrigo – se ofreció Max, como leyéndola el pensamiento.

-          No hace falta que estés tan pendiente de mí – aclaró. No obstante, se lo echó por encima.

-          Te puedes quedar en mi casa esta noche, si quieres – propuso el chico, como si nada.

A Sophie le temblaron un poco las piernas al escucharle. No estaba preparada para eso.

-          Te lo agradezco, Max, pero prefiero ir a mi casa y descansar.

-          De acuerdo, pero deja que conduzca yo – el chico rozó la cara de Sophie con las yemas de sus dedos –. Aún estás un poco afectada por lo que ha ocurrido.

Durante el trayecto hasta su casa no hablaron mucho.

Él de vez en cuando sonreía para sí: esa noche estaba yendo todo como la seda.

La pobre Sophie no se estaba dando cuenta de que todo era una trampa ideada por él para conquistarla.

Al sentirse tan avergonzada y desprotegida, y él acudir en su ayuda cual caballero andante, Sophie seguro caería en sus brazos.

-          Bueno, pues ya hemos llegado – enunció ella cuando ya habían aparcado.

Eran las dos de la madrugada y Sophie bostezó por culpa del sueño que estaba empezando a sentir.

Acababan de llegar a su portal y un suspiro de alivio se escapó de entre los labios de la chica mientras pensaba: “Ya estoy en casa”.

-          Gracias por traerme, Max.

-          Y, ¿para tu héroe de esta noche no hay ningún premio? – preguntó él, con descaro, haciendo que ella dejase por un momento de buscar las llaves que tenía dentro del bolso.

-          ¿Que… qué clase de premio quieres? – Sophie no entendía, o quizá es que no quería entender.

-          Bueno, para empezar, me podrías dar… un beso – sugirió, con voz atrayente y mirándola a los ojos.

Antes de que ella pudiese si quiera contestar, Max ya se estaba acercando a su rostro. Sophie no podía pensar.

Mientras él se iba acercando cada vez más, ella permanecía en su sitio, sin moverse un ápice, pero con el corazón latiéndole a cien por hora.

Sólo podía pensar en que nunca había besado a nadie, y en si él era la persona indicada.

Se había portado bien con ella, pero… ¿realmente le quería dar un beso?

Por otro lado, pensaba que quizá era muy exigente, y que, si no daba nunca una oportunidad a nadie, se iba a quedar siempre sola esperando a un amor que no existía, que solo vivía en sus sueños.

Los ojos de Max se cerraron. Sophie estaba empezando a hiperventilar. Estaba demasiado nerviosa.

Probablemente la respiración agitada de Sophie le hiciera pensar a Max que ella quería más, ya que  inmediatamente después, él deslizó sus manos por el cuello de ella, provocando que a ésta se le pusiera la piel de gallina.

De pronto, Sophie sintió la presión de los labios del chico contra los suyos, y ella cerró los ojos, intentando dejarse llevar.

Las manos de Max bajaron por la espalda de la chica hasta llegar a su región lumbar, haciendo que ella se estremeciera, en una mezcla de pánico y excitación.

¡Realmente, le estaba besando!

Él entonces aumentó la intensidad. Sophie ya apenas podía respirar. Intentaba seguirle el paso, pero su vocecilla interna no paraba de gritarle que parase.

Empezaba a agobiarse. A juzgar por cómo él la estaba tocando y besando, parecía querer continuar en alguna oscura habitación.

Sophie, entonces, haciendo acopio de su fuerza, le empujó, haciendo que Max perdiese un poco el equilibrio.

-          ¿Qué haces? – preguntó él, incrédulo.

-          Vas muy rápido, ¿no?

Él sonrió y se volvió a acercar a ella.

-          Me gustan las cosas rápidas.

Sophie se alejó de él un paso.

-          Escucha: no voy a hacer nada contigo esta noche.

Pudo ver en el rostro del chico la sombra de la decepción; pero enseguida desapareció y compuso otra vez una sonrisa pícara.

-          No te preocupes – dijo, acercándose de nuevo a ella, pero mucho más relajado – No voy a hacer nada hasta que tú no quieras. Esperaré lo que sea necesario.

Ella se tranquilizó bastante. Por un momento había sentido temor.

-          Debo subir a casa – anunció.

-          ¿Podríamos quedar mañana? – preguntó él, interpretando de nuevo su papel de galán.

-          Claro. ¡Mañana hablamos!


Media hora más tarde, ya en la cama, calentita y con el pijama puesto, pensó de nuevo en Max y en ella y, con gran pesar, sintió una sensación de vacío en su pecho.

Esa misma noche, dos horas y media más tarde, una llamada telefónica que despertó a Sophie de una absurda pesadilla provocó que su vida cambiase para siempre.



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PREÁMBULO

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