Max y el resto de su pandilla llevaban ya media hora
en Gibus Club.
Las luces de aquella pequeña discoteca parisina y el
ambiente cosmopolita que se respiraba se fusionaban con el embravecimiento de
la gente que bailaba desde hacía rato sin cesar, en parte, por culpa del
alcohol ingerido por éstos, y también por las mezclas electrónicas que realizaba
el dj desde su mesa.
Se mirara adonde se mirase, la sala estaba atestada
pues, como cada jueves, la mayoría de los alumnos de las universidades de París
solían ir a aquel lugar para “liberarse” de la tensión sufrida durante toda la
semana, ya que el viernes muchos o no tenían clase, o solo tenían una o dos.
-
¿Crees que vendrá? – preguntó Dean,
el mejor amigo de Max, mientras ambos tomaban sendos cócteles Kir.
-
Seguro que sí – respondió Max con
una media sonrisa – Ella y su amiga nunca salen de fiesta así que no creo que
hoy dejen pasar esta oportunidad.
-
Me pregunto por qué te
apostaste con Willy que conseguirías acostarte con ella… con la cantidad de
chicas bonitas que hay en clase. – opinó su amigo con estupefacción.
-
¡Dean, hermano – Max le puso
una mano en el hombro como si fuese su mentor –, tienes tanto que aprender! Al
resto de chicas es fácil tenerlas, pero Sophie es diferente. Ella siempre tiene
la cabeza enfocada en sus estudios, sus lecturas y en ese estúpido viaje que
quiere hacer al año que viene a Alemania. Nunca se fija en ningún chico porque
¿sabes qué es?
-
Mmm…no – Dean aún no entendía.
-
¡Difícil! ¡Ja! Ella es una
chica difícil. Pero yo la voy a convertir en fácil, ¡ésa es la apuesta!
Dean le miró con una expresión extraña, como si
pensase que su amigo, el cual conocía desde hacía diez años, de pronto tuviese
una enajenación mental. Le iba a volver a contestar algo, pero prefirió
contenerse y simplemente asentir con la cabeza.
En ese momento, se abrió la puerta del local al
tiempo en que un ruido enorme de motor resonaba por la calzada. Dos chicas que
acababan de entrar a la discoteca pasaron al lado de Max diciendo:
-
¿Has visto el ruido que hacía
ese coche?
-
¡Dios mío! ¿De dónde lo habrá sacado esa
chica? ¿¿Del desguace??
Max sonrió: sabía que era el momento de poner su
plan en marcha. Con una sola mirada, marcó al camarero de la barra que era el
momento de actuar.
Se acercó lentamente a la puerta de entrada y,
cuando llegó, se quedó inmóvil como una estatua, esperando ver a Sophie
traspasar el umbral de la puerta.
Pero ni por asomo podía adivinar lo que sus ojos verían
dos minutos más tarde.
Una chica con una gran cabellera ondulada, de un
color aún más oscuro que la más negra piedra azabache, acababa de entrar a la
discoteca. Sus ojos, marrones, tan comunes como bonitos, estaban adornados por
sus abundantes y espesas pestañas negras, y por sus cejas, delgadas y un poco
alzadas, que enmarcaban la sorpresa que sentía al ver a muchos de sus
compañeros allí. Su nariz era pequeña, al igual que su boca, cuyos labios se
habían vestido en aquella ocasión de color rojo intenso. Ella sonreía,
mostrando en sus gestos inconscientes la agitación y el nerviosismo que sentía.
Sus dientes eran pequeños, blancos, como pequeñas perlas ocultas tras el fuego
de sus labios.
Se podía adivinar la forma de
su pecho por el escotado vestido plateado que llevaba, el cual le quedaba un
poco ancho, ya que era de su amiga Charlotte.
Más de un chico volvía su
mirada hacia ella y, tras reconocerla como la empollona de su clase, se la
quedaban mirando boquiabiertos convencidos de que estaban teniendo un delirio a
causa del alcohol.
Max por un momento se olvidó de su plan y sólo se
centró en aquella preciosa chica cuya cara y cuerpo se ocultaban todos los días
debajo de una coleta mal hecha, unas enormes gafas de pasta y un jersey
demasiado ancho.
-
Hola Sophie – saludó un
sorprendido Max.
-
¿Qué tal? – preguntó Sophie a
modo de saludo. Cada vez estaba más nerviosa.
-
¡Estás muy guapa!
-
Gracias – contestó ella,
sonriendo.
Le parecía raro que ese chico la piropease y que se
mostrase tan atento con ella, en vez de estar hablando con sus otras compañeras
de clase, que la miraban con desprecio.
-
¿Quieres tomar una copa conmigo?
– preguntó Max, con cara de no haber roto un plato en su vida.
-
¡Me parece una buena idea!
Estupendo.
El plan de Max ya estaba en marcha y cada vez era más probable que se saliese
con la suya.
-
¿Qué queréis tomar? – les
preguntó el camarero con una sonrisa que a Sophie le generó desconfianza.
-
Para mí lo de siempre, Louis, y
para esta hermosura…
-
Para mí una Coca-Cola – pidió
la chica, intentando no hacer mención a lo que el chico acababa de decir sobre
ella – Tengo que conducir después.
Max
al escuchar esto se acercó lentamente al oído de Sophie y le dijo susurrando:
-
Quizá esta vez sea yo el que te
lleve a tu casa…
Sophie
enrojeció al instante. Su corazón le latía cada vez más deprisa y sus manos
temblaban de los nervios que sentía. Realmente, Max era un muchacho muy atractivo.
Ella
intentaba dejarse llevar y simplemente disfrutar de estar con un chico guapo
que parecía que la deseaba.
Sin
embargo, una vocecilla interna que Sophie trataba de acallar seguía preguntando
incesantemente si realmente eso era lo que estaba buscando y si aquélla era su
idea del amor.
El
camarero acababa de preparar las bebidas que habían pedido.
Sophie,
apurada por ver si llevaba dinero en el bolso para pagar, desacostumbrada a que
se le invitase a la consumición, no vio cómo Max le hacía un gesto al camarero
que haría que ambos se sonriesen.
Al
instante siguiente, Sophie tenía el pelo y parte del vestido totalmente mojados
de Coca-Cola.
Por
un momento, la muchacha se quedó en shock: ni siquiera sabía lo que había
ocurrido.
Fue
como si despertase de un sueño. Tenía frío y además, sabía que había llamado la
atención, pues escuchaba risas a su espalda.
Quiso
romper a llorar. Sentía que esas cosas sólo la pasaban a ella.
-
¿Qué has hecho, subnormal? –
preguntó Max de pronto al camarero, con ojos furiosos.
-
¡Se me ha resbalado el vaso de
las manos! Lo siento, chica – se disculpó éste, con un tono de voz que a Sophie
le pareció burlón.
Cada
vez más personas del local los miraban, y Sophie se moría de la vergüenza.
Max
rodeó a la muchacha con su brazo, infundiéndola protección y calor.
-
Vámonos. Éste no es lugar para
ti.
Ella
obedeció. Estaba asustada. No entendía por qué había ido esa noche a la fiesta…
¡si hacía un año que no salía! Se sentía ridícula y estúpida.
Caminaron
rápidamente hacia la puerta del local. Hasta llegar a su destino, se fue
cruzando con muchas chicas que se la quedaban mirando horrorizadas por el
aspecto de ésta.
“Jamás
seré como ellas - pensaba Sophie –, ha sido una locura intentar serlo”.
Con
lágrimas en los ojos, fue a abrir la puerta del local, pero Max lo hizo por
ella.
-
Pasa, Sophie. Te acompaño a tu
casa.
El
calor que hacía dentro de la discoteca contrastaba fuertemente con el frío primaveral
parisino que se calaba hasta los huesos.
Sophie
se acordó de que había dejado olvidado su chaquetón en el coche, y se culpó a
sí misma por su mala cabeza.
-
Ten mi abrigo – se ofreció Max,
como leyéndola el pensamiento.
-
No hace falta que estés tan
pendiente de mí – aclaró. No obstante, se lo echó por encima.
-
Te puedes quedar en mi casa
esta noche, si quieres – propuso el chico, como si nada.
A
Sophie le temblaron un poco las piernas al escucharle. No estaba preparada para
eso.
-
Te lo agradezco, Max, pero
prefiero ir a mi casa y descansar.
-
De acuerdo, pero deja que
conduzca yo – el chico rozó la cara de Sophie con las yemas de sus dedos –. Aún
estás un poco afectada por lo que ha ocurrido.
Durante el trayecto hasta su casa no hablaron mucho.
Él de vez en cuando sonreía para sí: esa noche
estaba yendo todo como la seda.
La pobre Sophie no se estaba dando cuenta de que
todo era una trampa ideada por él para conquistarla.
Al sentirse tan avergonzada y desprotegida, y él
acudir en su ayuda cual caballero andante, Sophie seguro caería en sus brazos.
-
Bueno, pues ya hemos llegado – enunció
ella cuando ya habían aparcado.
Eran las dos de la madrugada y Sophie bostezó por
culpa del sueño que estaba empezando a sentir.
Acababan de llegar a su portal y un suspiro de
alivio se escapó de entre los labios de la chica mientras pensaba: “Ya estoy en
casa”.
-
Gracias por traerme, Max.
-
Y, ¿para tu héroe de esta noche
no hay ningún premio? – preguntó él, con descaro, haciendo que ella dejase por
un momento de buscar las llaves que tenía dentro del bolso.
-
¿Que… qué clase de premio
quieres? – Sophie no entendía, o quizá es que no quería entender.
-
Bueno, para empezar, me podrías
dar… un beso – sugirió, con voz atrayente y mirándola a los ojos.
Antes de que ella pudiese si quiera contestar, Max
ya se estaba acercando a su rostro. Sophie no podía pensar.
Mientras él se iba acercando cada vez más, ella
permanecía en su sitio, sin moverse un ápice, pero con el corazón latiéndole a
cien por hora.
Sólo podía pensar en que nunca había besado a nadie,
y en si él era la persona indicada.
Se había portado bien con ella, pero… ¿realmente le
quería dar un beso?
Por otro lado, pensaba que quizá era muy exigente, y
que, si no daba nunca una oportunidad a nadie, se iba a quedar siempre sola
esperando a un amor que no existía, que solo vivía en sus sueños.
Los ojos de Max se cerraron. Sophie estaba empezando
a hiperventilar. Estaba demasiado nerviosa.
Probablemente la respiración agitada de Sophie le
hiciera pensar a Max que ella quería más, ya que inmediatamente después, él deslizó sus manos
por el cuello de ella, provocando que a ésta se le pusiera la piel de gallina.
De pronto, Sophie sintió la presión de los labios
del chico contra los suyos, y ella cerró los ojos, intentando dejarse llevar.
Las manos de Max bajaron por la espalda de la chica
hasta llegar a su región lumbar, haciendo que ella se estremeciera, en una
mezcla de pánico y excitación.
¡Realmente, le estaba besando!
Él entonces aumentó la intensidad. Sophie ya apenas
podía respirar. Intentaba seguirle el paso, pero su vocecilla interna no paraba
de gritarle que parase.
Empezaba a agobiarse. A juzgar por cómo él la estaba
tocando y besando, parecía querer continuar en alguna oscura habitación.
Sophie, entonces, haciendo acopio de su fuerza, le
empujó, haciendo que Max perdiese un poco el equilibrio.
-
¿Qué haces? – preguntó él,
incrédulo.
-
Vas muy rápido, ¿no?
Él sonrió y se volvió a acercar a ella.
-
Me gustan las cosas rápidas.
Sophie se alejó de él un paso.
-
Escucha: no voy a hacer nada
contigo esta noche.
Pudo ver en el rostro del chico la sombra de la
decepción; pero enseguida desapareció y compuso otra vez una sonrisa pícara.
-
No te preocupes – dijo,
acercándose de nuevo a ella, pero mucho más relajado – No voy a hacer nada
hasta que tú no quieras. Esperaré lo que sea necesario.
Ella se tranquilizó bastante. Por un momento había
sentido temor.
-
Debo subir a casa – anunció.
-
¿Podríamos quedar mañana? –
preguntó él, interpretando de nuevo su papel de galán.
-
Claro. ¡Mañana hablamos!
Media hora más tarde, ya en la cama, calentita y con
el pijama puesto, pensó de nuevo en Max y en ella y, con gran pesar, sintió una
sensación de vacío en su pecho.
Esa misma noche, dos horas y media más tarde, una
llamada telefónica que despertó a Sophie de una absurda pesadilla provocó que
su vida cambiase para siempre.
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