martes, 12 de marzo de 2019

CAPÍTULO 1: DEL AMOR Y OTROS SENTIMIENTOS Y EMOCIONES

Una semana antes, en el Instituto de Psicología de la Universidad París V Descartes.

-          - ¡¡Sophie, creo que te ha mirado!! – exclamó Charlotte, entusiasmada.

-         - ¡Calla! No grites tanto que se va a dar cuenta… – le reprendió la aludida mirando con disimulo hacia ambos lados para ver si alguien las había escuchado.

Un muchacho joven, de unos veintidós o veintitrés años, había empezado a caminar hacia esta pareja de amigas mientras las observaba intensamente. Ellas dos apenas podían controlar su excitación: ¡el chico más guapo de su promoción se había fijado en ellas!

Se llamaba Max. Debía medir poco más de un metro setenta, y uno de sus grandes atractivos era su definido cuerpo atlético, fruto de las abundantes horas que pasaba en el gimnasio. Asimismo, poseía otras características que le hacían parecer aún más gallardo: sus ojos celestes resaltaban sobre su moreno rostro, mientras que su cabello, rubio y con unos acertados bucles sobre su nuca, le daban el aspecto de un querubín.
En esencia, verle era como ver el rostro de la confianza y la seguridad en uno mismo.

-          - Hola chicas – inició con una voz cautivadora que sólo él podía entonar –  ¿Os apetece veniros a una fiesta esta noche? Es el cumpleaños de mi amigo Dean y nos gustaría que os vinierais.

-         -  ¡Claro que sí! – exclamó Charlotte, con voz desesperada.

No obstante, el chico sólo dirigía la mirada a Sophie, quien la apartaba con decoro.

-         -  Os espero en Gibus Club a las doce de la noche, entonces. ¡No faltéis! – concluyó. No obstante, antes de irse echó un último vistazo a Sophie, haciendo que ésta enrojeciese.

Cuando se dio la vuelta y se alejó de las chicas, sonrió con aire de suficiencia a su grupo de amigos, que le miraban incrédulos.

-         -  ¡Sophie, le gustas un montón! – exclamó Charlotte.

-          - ¿Tú crees? – preguntó ella, entre nerviosa y emocionada.

-          - ¡Sí, claro! ¡Parecía que te quería comer con la mirada!

-          - ¡Anda ya! ¡No exageres! – rio, un poco colorada – Oye, ¿por qué no nos arreglamos juntas esta tarde en mi casa? – sugirió, con una sonrisa divertida.

-          - ¡Me parece perfecto! – Se entusiasmó Charlotte – ¿Quedamos a las ocho?

-         -  ¡Vale! Pero… ¿podrías traer uno de tus vestidos de fiesta para mí? Todos los míos los he dejado en la casa de mis padres – imploró una Sophie muy apurada.

-         -  ¡No te preocupes, cariño! – exclamó Charlotte con una sonrisa encantadora –. Ya había contado con eso y esta misma tarde cuando quedemos te dejo uno de los míos.

Sophie le dio un abrazo de agradecimiento al tiempo que el profesor entraba en el aula. Las conversaciones cesaron entonces, salvo por pequeños cuchicheos que de vez en cuando se escuchaban.

Esta vez Henri, el profesor de Psicología del sentimiento, la asignatura favorita de Sophie y también la más complicada de todo el semestre, empezó hablando sobre algo muy importante para todos los alumnos: el trabajo final.

Se trataba de una prueba que equivalía a un examen y en el cual se plasmaba todo lo aprendido durante la evaluación. Tan exigente era este ejercicio que muchos terminaban suspendiendo la asignatura aun habiendo superado con buena nota el resto de los exámenes.

Ésa era una de las razones de desvelo de Sophie, por lo que, cuando el profesor empezó a hablar de ello, prestó muchísima atención.

-       -    …he asignado a cada alumno un tema, es decir, un sentimiento o emoción, sobre el cual vosotros debéis investigar y hacer el trabajo. No me bastará con que vayáis a lo evidente: necesito que os involucréis y que plasméis los conocimientos adquiridos durante el curso en el trabajo.

Empezó entonces a llamar a los alumnos uno por uno para darles un sobre cerrado dentro del cual se hallaba la emoción o el sentimiento sobre el cual deberían hacer el trabajo.

-         -  ¿Max Aubriot?

Max subió al estrado con aire altivo. Abrió el sobre delante del profesor y gritó a su séquito de admiradores el tema sobre el que le había tocado estudiar:

-         -  ¡Generosidad!

Se rio al tiempo que bajaba las escaleras y subía el siguiente alumno.

Charlotte y Sophie estaban muy nerviosas. Era su primer año en la Universidad y querían hacerlo bien, ya que dependían de esa nota para recibir una beca que las permitiría ir al año siguiente a Berlín a realizar unas prácticas en una prestigiosa clínica cuyo director era precisamente su profesor.

-         -  ¿Charlotte Fontaine?

La amiga de Sophie se estremeció de pronto y subió los peldaños temerosa. Cogió el sobre y rápidamente volvió a su sitio donde al fin lo abrió.

-         -  Me ha tocado ansiedad…

-        -   Seguro que lo harás muy bien, no te preocupes – quiso animarla Sophie.

Ella, debido a su apellido, era la última de la clase a la que llamarían.

Sentía que los nervios estaban empezando a despedazar su estómago.

Uno por uno, veía cómo los alumnos bajaban con su sobre, y no dejaba de preguntarse cuál sería la emoción sobre la que tendría que estudiar.

Por fin, llegó su turno.

-                  -  ¿Sophie Villeneuve?

Subió resuelta a por el sobre, sabiendo que ya la suerte estaba echada y que, le tocara el tema que le tocase, ella lo haría lo mejor posible.

Con los dedos temblorosos, lo fue abriendo mientras iba llegando de nuevo a su asiento.

En la pequeña carta que se hallaba en su interior se leían dos solas palabras que a Sophie le causaron pavor.

Las palabras en cuestión eran SENTIRSE ENAMORADO, pero ¿cómo iba a hablar sobre algo que jamás había sentido?

-          ¡Chicos! – exclamó Henri con voz cansada en un intento por hacerse oír entre la multitud ruidosa de alumnos que no paraban de hablar los unos con los otros- Hoy es 3 de mayo, así que os queda exactamente un mes hasta el momento de la entrega del trabajo, tiempo de sobra para hacerlo perfecto, por tanto, no os agobiéis y dad lo mejor de vosotros.

El profesor se despidió entonces de sus alumnos, dejando un caos a sus espaldas, pues nadie estaba contento con el tema que éste les había encomendado.


A las dos de la tarde, Sophie acababa de salir del Instituto de Psicología y caminaba hacia su coche, un Renault 19 en color rojo al que ella tiernamente llamaba Renée.

La mayoría de sus compañeros llevaban coches más modernos y con mejores prestaciones que el de ella, que ya contaba con veinte años, pero a pesar de eso, a Sophie le encantaba, ya que se lo había podido comprar ella misma gracias a los ahorros obtenidos por haber estado trabajando durante un verano entero como camarera en L’Ancolie, un restaurante muy conocido de Rochefort-en-Terre, su pueblo natal.
Sus padres le habían dicho en decenas de ocasiones que no hacía falta que trabajase, pues si lo que quería era un coche, ellos mismos se lo regalarían. Pero ella era así, obstinada y sabedora de que era capaz de conseguir todo lo que se propusiera con sus propios medios.

Antes de subirse al coche, notó que alguien a lo lejos la miraba. Se volvió rápidamente y advirtió que era Max, que le dedicó una sonrisa atractiva antes de darse la vuelta para hablar de nuevo con los amigos de los que estaba rodeado.

Ya dentro, se puso el cinturón de seguridad y arrancó el motor, pero entonces… ¡éste sonó como si estuviese a punto de explotar!
Esto llamó la atención a todos los estudiantes que pasaban por su lado y provocó que muchos de ellos se apartasen mientras reían sin ningún disimulo.

¡Sophie quiso que le tragase la tierra! Ella siempre había sido una persona muy insegura y tímida que tomaba demasiado en cuenta las opiniones de los demás, quizá por encima de la suya propia. Lo pasaba muy mal cuando llamaba la atención negativamente, ya que le daba miedo que, de pronto y a partir de ese momento, todo el mundo le rechazase socialmente.

Poco a poco, fue relajándose. Conducir desde la universidad hasta su casa siempre la calmaba, y ahora además tarareaba la canción número uno del momento que estaba sonando en la radio, “All of me” de John Legend.

Cuando estaba a tan solo cinco minutos de llegar a su pequeño apartamento situado en la Avenue de Suffren, volvió a pensar en Max. Era un joven muy interesante y poseía un je ne sais quoi que provocaba que todas las chicas se fijasen en él. Por esta razón, le sorprendía tanto su repentino interés en ella.

Pero, a pesar de su entusiasmo e intriga, había una parte de ella que no quería que esa noche llegase. Tenía un mal presentimiento, aunque si alguien la hubiese preguntado, no habría sabido explicar el por qué.

Aparcó en Avenue de Champaubert y fue andando lentamente hasta su casa.

Deambulaba meditabunda por la avenida hasta que se topó de frente con Carmine Café, uno de sus lugares favoritos de toda la ciudad. El ambiente cálido y acogedor de aquel sitio junto con su exquisita decoración la transportaban a su hogar natal. Entró y pidió una porción de pizza margarita.

Cuando ya llevaba un rato allí, a través de los ventanales del restaurante vio a su amiga Charlotte en la calle cargada con una bolsa dentro de la cual presumiblemente se hallaba un bonito vestido de fiesta. Parecía estar muy apurada.

-          ¿Qué haces aquí? ¡Es aún muy pronto! – preguntó Sophie, que salió a su encuentro, divertida y asombrada.

-          ¡Lo siento mucho! Acaba de volver Christoph del viaje y ¿a que no sabes qué? ¡Me ha pedido que volvamos!

Sophie estaba intentando poner sus ideas en orden.

-          Pero… ¿No fue ese el chico que hace dos meses se lió con otra estando de Erasmus?

-          Sí, tía, pero… ¡tengo que volver a intentarlo! En el fondo de mi ser sé que él es el amor de mi vida y…

Ella no estaba de acuerdo en lo que Charlotte estaba a punto de hacer, pero temía entrometerse demasiado en la vida de su amiga, que continuaba hablando sin cesar, como si necesitara excusarse por algo.

-          Necesito que vayas a esa fiesta, Sophie.

-          No pienso ir sin ti. ¡Ya habrá más fiestas! – rechazó ésta.

-          ¡Tienes que ir! ¡Max está loco por ti! Yo me lo voy a pasar bien y tú no debes quedarte un viernes más sin salir. ¡El amor está fuera de esos muros a los que llamas casa, Sophie!

Aquellas palabras le provocaron mucha tristeza en su interior, pues se daba cuenta de que a sus diecinueve años aún no había amado a nadie con tanta intensidad como lo hacían Charlotte y otras chicas que conocía.

Por un instante, sintió lástima de sí misma, y probablemente ése fue el motivo por el que finalmente aceptó ir aquella noche a la fiesta.


Horas después, justo antes de salir de su apartamento, ya totalmente vestida, maquillada y peinada, se miró al espejo y, dirigiéndose una sonrisa a sí misma, deseó que aquella vez su suerte cambiase y pudiese sentir algo intenso y hermoso por alguien.


Pero lo que jamás se habría podido imaginar es que aquella noche iba a ser demasiado larga.




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