jueves, 7 de marzo de 2019

CAPÍTULO 6: De Joey


-          ¡Aaaaaah!

A Sophie no le dio tiempo a apartarse del camino y la bicicleta le arroyó por completo. Lo único que sí pudo hacer fue gritar tontamente.

Ahí estaba ahora, tirada en el suelo, como un trapo mal puesto.

-          ¡Madre mía! ¿Estás bien? – preguntó el chico que conducía la bicicleta, que estaba acudiendo presurosamente a ver cómo estaba ella.

-          ¡No! – gritó Sophie, enfadada y dolorida, mirándose el tobillo derecho. Se lo había torcido – ¿Es que no miras por dónde vas?

En ese momento, alzó la mirada para encararse con él, pero se quedó paralizada por la impresión cuando vio al chico que estaba justo delante de ella.

Era un joven alto y esbelto, de pelo moreno y con la tez clara.  Su rostro tenía forma ovalada y lo adornaban una nariz perfecta, muy varonil, una barba bastante arreglada y unos labios que Sophie no podía dejar de mirar.

¡Era el chico del metro!

Dudó un momento, pero estaba segura de que era él.

Pero, ¿cómo podía ser?

El chico también pareció reconocerla, porque iba corriendo hacia Sophie para socorrerla y cuando ella levantó la cabeza y enfocó sus ojos en él, se quedó por un instante quieto y mirándola con una expresión extraña.

-          Lo… lo siento de veras – pareció adivinar a decir el chico mientras se inclinaba a su lado para mirar cómo estaba el tobillo de Sophie – No me ha dado tiempo a esquivarte. ¡No sabía que me iban a fallar los frenos!

-          Te conozco… - susurró Sophie muy bajito, como teniendo miedo de estar equivocada.

-          ¿Tú crees? – preguntó, mirándola directamente a los ojos. Su mirada era penetrante. Su rostro estaba serio, aunque quizá a través de pequeños gestos inconscientes se podía llegar a apreciar un anhelo oculto.

-          Sí… Te vi en el metro ayer. Ibas sentado justo delante de mí.

El chico sonrió, aunque era más bien una sonrisa para sí mismo. ¿Había decepción en sus ojos?

-          Es posible – respondió, como no dándole demasiada importancia.

“¿Posible?” ¡Estaba segura! Sintió rabia al pensar que quizá él no se acordaba de ella.

-          ¿Puedes levantarte sola? – preguntó el chico, con la mirada fija en el tobillo de ella.

Sophie intentó hacerlo, pero al apoyar el pie derecho, perdió el equilibrio y se quedó en una postura aún más ridícula que la que tenía antes.

El muchacho no pudo reprimir una sonrisa cómica al verla en esa pose.

-          ¿Qué? – se encaró Sophie – ¿Te hace gracia?

-          ¡No! Perdón – contestó él enseguida, poniéndose serio al tiempo que le estiraba el brazo – Cógeme de la mano.

Sophie no quería, pero sí quería. Se acababa de reír de ella y, además, lo peor de todo es que no la recordaba. Por otro lado, deseaba con todas sus fuerzas tocarle, aunque fuera con el pretexto de que él la levantara del suelo.

-          ¡Vamos! – exclamó el chico con impaciencia - ¿Quieres quedarte ahí tirada todo el día?

Finalmente ella, medio a regañadientes, medio aliviada por finalmente hacerlo, le cogió de la mano.

Él tiró con cuidado de Sophie para levantarla, pero no calculó bien las distancias. La atrajo demasiado hacia él.

Sus rostros quedaron muy cerca el uno del otro, a menos de un palmo de distancia.

Era absurdo. No conocía de nada a aquel chico. Y, sin embargo, sentía que le estaba faltando el aire por estar tan cerca de él.

Era como una fuerza sobrehumana que le atraía hacia ese chico sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Era magnetismo puro.

Pero entonces, Sophie recuperó un poco la cordura. “¿Qué estoy haciendo? ¡Me estoy comportando como una auténtica demente! ¿Qué pensaría Max si me viera así?”

Pensar en Max le hizo soltar la mano al otro chico con brusquedad.

Intentó no mirarle de nuevo mientras empezaba a caminar de vuelta hacia su casa.

-          De nada, ¿eh? – dijo el chico, con una sonrisa tranquila.
Sophie se quedó asombrada. Paró en seco y le miró con dureza.

-          ¿Quieres que te dé las gracias?

-          Eso me gustaría, sí – el chico parecía que se divertía con la situación. Era como si quisiese hacerla rabiar – Al fin y al cabo, te he levantado del suelo y me he preocupado por ti.

-          En ese caso, también he de darte las gracias por arrollarme con la bici, ¡pocas personas hacen eso! – exclamó sarcásticamente. No se lo podía creer, ¿cómo era posible que aquel chico pudiera ser tan altivo?

Intentó proseguir la marcha, pero no dio ni dos pasos cuando por poco se calló de nuevo al suelo. El chico acudió a ella velozmente y le agarró por la cintura, manteniéndola en el sitio.
-          Te has torcido el tobillo y no debes forzarlo a no ser que desees que empeore. Apóyate en mí, te acompaño a casa – decidió él, con determinación.

-          ¿Qué? No, no hace falta que me acompañes. ¡Ya has hecho bastante atropellándome, gracias! – Sophie cada vez se enfadaba más y más.

-          Pues lo siento, señorita, pero lo pienso hacer – insistió – Tú decides si quieres que lo hagamos por las buenas, o que lo haga por la fuerza.

-          ¿Te has vuelto loco? ¿Acompañarme por la fuerza? ¿Cómo piensas hacer eso?

Sin decir una palabra, el chico se acercó más a ella y la levantó del suelo rápidamente, tumbándola en el aire sobre sus brazos.

-          ¿¿Qué haces?? – Sophie estaba muy nerviosa: ¡iba en los brazos de un desconocido que hacía un momento le había atropellado con la bicicleta! – ¡Bájame ahora mismo!

-          ¡Esto es hacer las cosas por la fuerza! – respondió el chico, sin hacer caso a los gritos enfurecidos de ella – Bueno, antes de llevarte a ningún lado, creo que lo mejor es presentarnos – prosiguió – Me llamo Joey, ¿y tú eres?

-          ¡Romualda! ¡Bájame ya! – gritó. Cada vez que ella intentaba bajarse, él la cogía con más fuerza, apretándola más estrechamente contra él.

-          Mmmm creo que ese no es tu nombre – declaró, sin inmutarse – No sé, pero tienes cara de llamarte Sophie.

La chica paró por un momento de luchar y se le quedó mirando sin decir una palabra, perpleja.

-          ¿Cómo has sabido mi nombre?

Joey también la miró y empezó a reírse.

-          ¿No me digas que te llamas así? La verdad es que es el primer nombre que me ha venido a la cabeza…

-          ¡Qué curioso! – Sophie ya se había olvidado de su enfado y ahora estaba distraída pensando en que de tantos nombres como había en el mundo, cómo podía haberlo adivinado.

Entretanto, Joey parecía feliz porque al fin la chica hubiese dejado de luchar, así que aprovechó para hablar con ella más tranquilamente mientras caminaba por la rue Saint-Roch.

-          Y bueno, ¿qué has venido a hacer en el pueblo? ¿Has venido a pasar unos días con tu familia o es que vives aquí?

-          ¡Menudo meticón! – exclamó ella, riéndose.

-          ¡Oye! Creo que tu taxista particular se merece que le distraigas un poco ¿no?

-          ¡Está bien! –cedió – He venido unos días para ver a mi padre, sufrió un accidente de tráfico anoche.

-          ¡Cuánto lo siento! – exclamó inmediatamente, con tono afectado – No le habrá pasado nada grave, ¿no?

-          No, no ha sido nada importante. De hecho, ya se está recuperando. Pero estas cosas siempre imponen un poco cuando se vive tan lejos como vivo yo…

Sophie no pudo dejar de percibir el hecho de que Joey parecía haberse preocupado más por el estado de su padre que Max en la primera conversación telefónica que habían tenido.

-          ¿Y tú qué haces en el pueblo? – preguntó ella justo después – He vivido aquí muchos años y jamás te he visto…

-          Estoy con una familia – contestó, sin dar más explicaciones –. El lunes y el miércoles que viene es fiesta en París, así que me he pedido en mi trabajo la semana entera de vacaciones para poder estar aquí más tiempo.

-          Ojalá pudiera hacer yo lo mismo… una semana entera… ¡quién pudiera! La verdad es que tengo ganas de vacaciones porque desde que empecé la carrera, estoy estresada todos los días.

-          El primer año de universidad es el peor. ¡Luego te acostumbras a sufrir! – Joey se rio con ganas al decirlo.

-          Uff eso dicen… Al año que viene quiero conseguir una beca para ir a Berlín a trabajar de prácticas en una gran clínica de psicología, así que tengo que sacar notas muy altas. Eso no ayuda a que me relaje.

-          ¡Eso suena a mucha presión! ¡Ánimo! – exclamó él, impresionado – Pero, si quieres un consejo, vive todo lo que puedas. Hay algunas experiencias y aventuras que, si no las vives ahora, ya nunca más podrás hacerlas.

Sophie se quedó reflexionando. Aquel chico le parecía muy interesante. Además, se sentía muy cómoda hablando con él, como si le conociera desde hacía más tiempo.

Por otro lado, Joey parecía estar satisfecho por lo agradable que al fin resultaba ser la conversación. Inconscientemente, agarró a Sophie con más fuerza, como si no quisiera separarse de ella.

Sophie, que no se esperaba ese movimiento repentino, giró su cabeza hacia él y… los labios de ambos se quedaron a escasos centímetros.

Ella bajó la vista con rapidez, azorada y latiéndole precipitadamente el corazón.

-          Es por allí – le guio, intentando fingir que la escena que había tenido lugar hacía unos segundos no había existido – Tienes que torcer a la derecha hasta llegar a una calle cortada y, después girar a la izquierda hasta llegar al primer chalé que veas: ésa será mi casa.

-          ¡A la orden! – exclamó Joey.

Se quedaron callados unos momentos, aunque no era un silencio incómodo.

A pesar de conocerse de tan poco tiempo, entre ellos se había creado una confianza especial.

-          ¿Cuántos años tienes, Joey?

-          ¿Cuántos me echas?

-          Uff, se me da fatal echar la edad a los chicos. ¿Veintiocho?

-          ¿VEINTIOCHO? – gritó Joey, asustado – ¿Tan mayor me ves?
Sophie se rio por la reacción del chico y se excusó diciendo:
-          Perdona, es que la barba os hace más mayor a los chicos...

-          Pues si me hace cuatro años más mayor, tengo que empezar a plantearme un cambio de estilo – rio.

-          Así que tienes veinticuatro…

-          ¡Premio para la señorita!

Ambos se rieron. Acababan de llegar a un banco de piedra que había justo antes de llegar a la casa de Sophie.
Joey la bajó con sumo cuidado, sentándola sobre él.
Le bajó el calcetín y le observó el tobillo, que en esos momentos estaba bastante hinchado.
Las manos frías de Joey le provocaron un gran alivio a Sophie.
-          Es molesto, pero afortunadamente es totalmente muscular.

-          ¿Cómo estás tan seguro?

-          Bueno, un buen fisioterapeuta debe saber reconocer estas cosas.

Sophie sonrió abiertamente. Poco a poco, iba recopilando información de aquel misterioso chico que cada vez le gustaba más, aunque no quisiera reconocérselo del todo a sí misma.
-          Mójate el tobillo con agua fría y verás cómo en menos de 24 horas todo se habrá solucionado.

-          Gracias Joey.

-          ¿Es un agradecimiento lo que oigo? – preguntó el chico, en broma – ¡Increíble!

Sophie puso cara de enfado y le pegó con la mano abierta en su cazadora de cuero.

-          ¿Crees que podrás llegar sola a tu casa?

-          Sí, creo que sí.

-          ¡Me alegro! Ahora debo irme, me están esperando. Ha sido un placer conocerte, Sophie.

A Sophie le hubiera gustado gritar y decirle que se quedara un rato más junto a ella, pero no se atrevió.

-          Igualmente, Joey.





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PREÁMBULO

Sophie iba corriendo por la calle. Sus lágrimas se confundían con el agua procedente del torrencial aguacero que, de un momento a otro, ...