-
¡Aaaaaah!
A Sophie no le dio tiempo a apartarse
del camino y la bicicleta le arroyó por completo. Lo único que sí pudo hacer
fue gritar tontamente.
Ahí estaba ahora, tirada en el suelo,
como un trapo mal puesto.
-
¡Madre mía! ¿Estás bien? – preguntó el
chico que conducía la bicicleta, que estaba acudiendo presurosamente a ver cómo
estaba ella.
-
¡No! – gritó Sophie, enfadada y
dolorida, mirándose el tobillo derecho. Se lo había torcido – ¿Es que no miras
por dónde vas?
En ese momento, alzó la mirada para
encararse con él, pero se quedó paralizada por la impresión cuando vio al chico
que estaba justo delante de ella.
Era un joven alto y esbelto, de pelo
moreno y con la tez clara. Su rostro
tenía forma ovalada y lo adornaban una nariz perfecta, muy varonil, una barba
bastante arreglada y unos labios que Sophie no podía dejar de mirar.
¡Era el chico del metro!
Dudó un momento, pero estaba segura de
que era él.
Pero, ¿cómo podía ser?
El chico también pareció reconocerla,
porque iba corriendo hacia Sophie para socorrerla y cuando ella levantó la cabeza
y enfocó sus ojos en él, se quedó por un instante quieto y mirándola con una
expresión extraña.
-
Lo… lo siento de veras – pareció
adivinar a decir el chico mientras se inclinaba a su lado para mirar cómo
estaba el tobillo de Sophie – No me ha dado tiempo a esquivarte. ¡No sabía que
me iban a fallar los frenos!
-
Te conozco… - susurró Sophie muy bajito,
como teniendo miedo de estar equivocada.
-
¿Tú crees? – preguntó, mirándola
directamente a los ojos. Su mirada era penetrante. Su rostro estaba serio,
aunque quizá a través de pequeños gestos inconscientes se podía llegar a
apreciar un anhelo oculto.
-
Sí… Te vi en el metro ayer. Ibas
sentado justo delante de mí.
El chico sonrió, aunque era más bien
una sonrisa para sí mismo. ¿Había decepción en sus ojos?
-
Es posible – respondió, como no dándole
demasiada importancia.
“¿Posible?” ¡Estaba segura! Sintió
rabia al pensar que quizá él no se acordaba de ella.
-
¿Puedes levantarte sola? – preguntó el
chico, con la mirada fija en el tobillo de ella.
Sophie intentó hacerlo, pero al apoyar
el pie derecho, perdió el equilibrio y se quedó en una postura aún más ridícula
que la que tenía antes.
El muchacho no pudo reprimir una
sonrisa cómica al verla en esa pose.
-
¿Qué? – se encaró Sophie – ¿Te hace
gracia?
-
¡No! Perdón – contestó él enseguida,
poniéndose serio al tiempo que le estiraba el brazo – Cógeme de la mano.
Sophie no quería, pero sí quería. Se
acababa de reír de ella y, además, lo peor de todo es que no la recordaba. Por
otro lado, deseaba con todas sus fuerzas tocarle, aunque fuera con el pretexto
de que él la levantara del suelo.
-
¡Vamos! – exclamó el chico con
impaciencia - ¿Quieres quedarte ahí tirada todo el día?
Finalmente ella, medio a regañadientes,
medio aliviada por finalmente hacerlo, le cogió de la mano.
Él tiró con cuidado de Sophie para
levantarla, pero no calculó bien las distancias. La atrajo demasiado hacia él.
Sus rostros quedaron muy cerca el uno
del otro, a menos de un palmo de distancia.
Era absurdo. No conocía de nada a aquel
chico. Y, sin embargo, sentía que le estaba faltando el aire por estar tan
cerca de él.
Era como una fuerza sobrehumana que le
atraía hacia ese chico sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Era
magnetismo puro.
Pero entonces, Sophie recuperó un poco
la cordura. “¿Qué estoy haciendo? ¡Me estoy comportando como una auténtica
demente! ¿Qué pensaría Max si me viera así?”
Pensar en Max le hizo soltar la mano al
otro chico con brusquedad.
Intentó no mirarle de nuevo mientras empezaba
a caminar de vuelta hacia su casa.
-
De nada, ¿eh? – dijo el chico, con una
sonrisa tranquila.
Sophie se quedó asombrada. Paró en seco
y le miró con dureza.
-
¿Quieres que te dé las gracias?
-
Eso me gustaría, sí – el chico parecía
que se divertía con la situación. Era como si quisiese hacerla rabiar – Al fin
y al cabo, te he levantado del suelo y me he preocupado por ti.
-
En ese caso, también he de darte las
gracias por arrollarme con la bici, ¡pocas personas hacen eso! – exclamó
sarcásticamente. No se lo podía creer, ¿cómo era posible que aquel chico
pudiera ser tan altivo?
Intentó proseguir la marcha, pero no
dio ni dos pasos cuando por poco se calló de nuevo al suelo. El chico acudió a
ella velozmente y le agarró por la cintura, manteniéndola en el sitio.
-
Te has torcido el tobillo y no debes
forzarlo a no ser que desees que empeore. Apóyate en mí, te acompaño a casa – decidió
él, con determinación.
-
¿Qué? No, no hace falta que me
acompañes. ¡Ya has hecho bastante atropellándome, gracias! – Sophie cada vez se
enfadaba más y más.
-
Pues lo siento, señorita, pero lo
pienso hacer – insistió – Tú decides si quieres que lo hagamos por las buenas,
o que lo haga por la fuerza.
-
¿Te has vuelto loco? ¿Acompañarme por
la fuerza? ¿Cómo piensas hacer eso?
Sin decir una palabra, el chico se
acercó más a ella y la levantó del suelo rápidamente, tumbándola en el aire
sobre sus brazos.
-
¿¿Qué haces?? – Sophie estaba muy
nerviosa: ¡iba en los brazos de un desconocido que hacía un momento le había
atropellado con la bicicleta! – ¡Bájame ahora mismo!
-
¡Esto es hacer las cosas por la fuerza!
– respondió el chico, sin hacer caso a los gritos enfurecidos de ella – Bueno,
antes de llevarte a ningún lado, creo que lo mejor es presentarnos – prosiguió
– Me llamo Joey, ¿y tú eres?
-
¡Romualda! ¡Bájame ya! – gritó. Cada
vez que ella intentaba bajarse, él la cogía con más fuerza, apretándola más
estrechamente contra él.
-
Mmmm creo que ese no es tu nombre –
declaró, sin inmutarse – No sé, pero tienes cara de llamarte Sophie.
La chica paró por un momento de luchar
y se le quedó mirando sin decir una palabra, perpleja.
-
¿Cómo has sabido mi nombre?
Joey también la miró y empezó a reírse.
-
¿No me digas que te llamas así? La
verdad es que es el primer nombre que me ha venido a la cabeza…
-
¡Qué curioso! – Sophie ya se había
olvidado de su enfado y ahora estaba distraída pensando en que de tantos
nombres como había en el mundo, cómo podía haberlo adivinado.
Entretanto, Joey parecía feliz porque
al fin la chica hubiese dejado de luchar, así que aprovechó para hablar con
ella más tranquilamente mientras caminaba por la rue Saint-Roch.
-
Y bueno, ¿qué has venido a hacer en el
pueblo? ¿Has venido a pasar unos días con tu familia o es que vives aquí?
-
¡Menudo meticón! – exclamó ella,
riéndose.
-
¡Oye! Creo que tu taxista particular se
merece que le distraigas un poco ¿no?
-
¡Está bien! –cedió – He venido unos
días para ver a mi padre, sufrió un accidente de tráfico anoche.
-
¡Cuánto lo siento! – exclamó
inmediatamente, con tono afectado – No le habrá pasado nada grave, ¿no?
-
No, no ha sido nada importante. De
hecho, ya se está recuperando. Pero estas cosas siempre imponen un poco cuando
se vive tan lejos como vivo yo…
Sophie no pudo dejar de percibir el
hecho de que Joey parecía haberse preocupado más por el estado de su padre que
Max en la primera conversación telefónica que habían tenido.
-
¿Y tú qué haces en el pueblo? –
preguntó ella justo después – He vivido aquí muchos años y jamás te he visto…
-
Estoy con una familia – contestó, sin
dar más explicaciones –. El lunes y el miércoles que viene es fiesta en París,
así que me he pedido en mi trabajo la semana entera de vacaciones para poder
estar aquí más tiempo.
-
Ojalá pudiera hacer yo lo mismo… una
semana entera… ¡quién pudiera! La verdad es que tengo ganas de vacaciones
porque desde que empecé la carrera, estoy estresada todos los días.
-
El primer año de universidad es el
peor. ¡Luego te acostumbras a sufrir! – Joey se rio con ganas al decirlo.
-
Uff eso dicen… Al año que viene quiero
conseguir una beca para ir a Berlín a trabajar de prácticas en una gran clínica
de psicología, así que tengo que sacar notas muy altas. Eso no ayuda a que me
relaje.
-
¡Eso suena a mucha presión! ¡Ánimo! –
exclamó él, impresionado – Pero, si quieres un consejo, vive todo lo que
puedas. Hay algunas experiencias y aventuras que, si no las vives ahora, ya
nunca más podrás hacerlas.
Sophie se quedó reflexionando. Aquel
chico le parecía muy interesante. Además, se sentía muy cómoda hablando con él,
como si le conociera desde hacía más tiempo.
Por otro lado, Joey parecía estar satisfecho
por lo agradable que al fin resultaba ser la conversación. Inconscientemente,
agarró a Sophie con más fuerza, como si no quisiera separarse de ella.
Sophie, que no se esperaba ese
movimiento repentino, giró su cabeza hacia él y… los labios de ambos se
quedaron a escasos centímetros.
Ella bajó la vista con rapidez, azorada
y latiéndole precipitadamente el corazón.
-
Es por allí – le guio, intentando
fingir que la escena que había tenido lugar hacía unos segundos no había
existido – Tienes que torcer a la derecha hasta llegar a una calle cortada y,
después girar a la izquierda hasta llegar al primer chalé que veas: ésa será mi
casa.
-
¡A la orden! – exclamó Joey.
Se quedaron callados unos momentos,
aunque no era un silencio incómodo.
A pesar de conocerse de tan poco
tiempo, entre ellos se había creado una confianza especial.
-
¿Cuántos años tienes, Joey?
-
¿Cuántos me echas?
-
Uff, se me da fatal echar la edad a los
chicos. ¿Veintiocho?
-
¿VEINTIOCHO? – gritó Joey, asustado –
¿Tan mayor me ves?
Sophie se rio por la reacción del chico
y se excusó diciendo:
-
Perdona, es que la barba os hace más
mayor a los chicos...
-
Pues si me hace cuatro años más mayor,
tengo que empezar a plantearme un cambio de estilo – rio.
-
Así que tienes veinticuatro…
-
¡Premio para la señorita!
Ambos se rieron. Acababan de llegar a
un banco de piedra que había justo antes de llegar a la casa de Sophie.
Joey la bajó con sumo cuidado,
sentándola sobre él.
Le bajó el calcetín y le observó el
tobillo, que en esos momentos estaba bastante hinchado.
Las manos frías de Joey le provocaron
un gran alivio a Sophie.
-
Es molesto, pero afortunadamente es
totalmente muscular.
-
¿Cómo estás tan seguro?
-
Bueno, un buen fisioterapeuta debe
saber reconocer estas cosas.
Sophie sonrió abiertamente. Poco a
poco, iba recopilando información de aquel misterioso chico que cada vez le
gustaba más, aunque no quisiera reconocérselo del todo a sí misma.
-
Mójate el tobillo con agua fría y verás
cómo en menos de 24 horas todo se habrá solucionado.
-
Gracias Joey.
-
¿Es un agradecimiento lo que oigo? –
preguntó el chico, en broma – ¡Increíble!
Sophie puso cara de enfado y le pegó
con la mano abierta en su cazadora de cuero.
-
¿Crees que podrás llegar sola a tu
casa?
-
Sí, creo que sí.
-
¡Me alegro! Ahora debo irme, me están
esperando. Ha sido un placer conocerte, Sophie.
A Sophie le hubiera gustado gritar y
decirle que se quedara un rato más junto a ella, pero no se atrevió.
-
Igualmente, Joey.
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