Hola Cloe!! Qtal??
Pero bueno Sophie,
cuantísimo tiempo!!!
cuantísimo tiempo!!!
Sí… demasiado!!! 😊
Ya te digo!! Te he echado un
montonazo de menos!!!
Precisamente este
finde estoy aquí, guapa!!!!
No me digas!! Q casualidad!!! Tb
Nicole ha venido este
finde!!! Y si
nos vemos las 3??
No sé si es buena
idea que nos veamos ella y yo, Cloe…
Sophie… Nicole está muy arrepentida
de lo q pasó la última
vez!!
Uff…de acueeerdo!!!
Bieeeeen! Nos vemos esta tarde a las cinco
en Monde du Chocolat?
Perfecto!! Chao
bella!!
Hasta luego my love!!!
¿Con quién hablas tanto, pequeña? – preguntó Giselle a su hija mientras terminaba de freír las patatas.
Sophie levantó la vista del móvil.
Estaba tan concentrada en la conversación que por un momento no supo
exactamente qué era lo que su madre le había dicho.
-
Con Cloe, mami. Estábamos hablando de
tomar algo esta tarde, ya que no nos hemos vuelto a ver desde que empecé la
carrera…
-
¡Me parece perfecto, Sophie! Llevas
mucho tiempo encerrada sin salir por culpa de esos dichosos libros de
psicología. ¡Ya es hora de que vuelvas a hablar con tus amigas de la infancia!
-
Sí, la verdad es que echo un poco de
menos divertirme…
Giselle se acercó a ella con gesto
cariñoso y le cogió la barbilla con su mano derecha.
-
Sophie, siempre has sido una niña muy
responsable, pero hay veces que hay que aprender a relajarse con los amigos y
la familia. Tu padre y yo te hemos echado mucho de menos.
-
¿Qué es lo que están hablando mis dos
chicas favoritas? – preguntó en ese momento el padre, que volvía a casa tras
pasear a Lobo.
-
¿Cómo estás, papá? – preguntó Sophie,
preocupada.
-
Estoy como nunca, de hecho, estaba
pensando en no ir esta tarde al medi…
-
¡No te atrevas a terminar la frase,
Antoine! ¿¿Es que ya se te ha olvidado el disgusto que nos has dado a tu hija y
a mí esta madrugada por no querer hacer las cosas bien?? ¡Esta tarde vas a ir a
rehabilitación como que yo me llamo Giselle!
-
¡Ay! ¡Qué mujer más pesada tengo, de
verdad!
-
Pero tiene razón, papá. Tienes que
aprender a cuidarte más – concluyó Sophie, dándole un beso en la mejilla.
Minutos después, se pusieron a comer
mientras veían el telediario.
Una noticia llamó poderosamente la
atención a Sophie. Por lo visto, una familia de jabalíes andaba por el bosque del
pueblo sin que aún nadie les hubiera podido atrapar.
-
¡Qué miedo! – exclamó, pensando que, si
veía uno delante de ella, probablemente se desmayara de la impresión.
-
Sí, estas semanas habrá que evitar
hacer senderismo – comentó Antoine.
A las cinco y diez, Sophie estaba
llegando a Monde du Chocolat. Llegaba
tarde, como siempre que quedaba con sus amigas.
Estaba nerviosa, aunque se trataba de decir
a sí misma que realmente no había ningún motivo. Pero lo cierto es que volver a
ver a sus antiguas amigas, y en especial a Nicole, hacía que se le encogiera un
poco el estómago.
Quizá por ese motivo había tardado más
de media hora en elegir lo que iba a ponerse. “¡Esto no lo hago ni por Max!”
había pensado, divertida.
Ella no era muy amante de la moda, pero
esa tarde se había esmerado un poco más de la cuenta. Simplemente, y aunque
sonara un poco mal, quería parecer que, desde que las tres se habían separado,
las cosas le habían ido muy bien, y que ahora estaba tan guapa y atractiva…
¡que hasta gustaba al chico más guapo de su promoción! En definitiva, quería
“fardar” un poco y dar en las narices a Nicole, a la que tenía tirria desde su
viaje a Madrid.
Finalmente, se había puesto su vestido
favorito, el cual era amarillo y de corte pin-up (dato que sabía gracias a
Cloe, que era una amante de la moda). Había dudado entre ponerse o no unos tacones
con cuña, pero finalmente lo había descartado, pues le seguía doliendo
demasiado su tobillo derecho, y se había decantado por unas bailarinas.
Al final de la calle, se hallaba la
cafetería Monde du Chocolat, el cual
era un adorable edificio de ladrillo visto con ventanales blancos desde los
cuales descendían hiedras y enredaderas.
En la puerta, esperándola, estaba su
amiga Cloe, lo cual provocó que Sophie sonriera ampliamente.
Como siempre, Cloe iba perfectamente
vestida. Enamorada de sus zapatos de tacón y de sus vestidos de cóctel, iba con
esa ropa hasta a comprar el pan.
Su piel de color chocolate relucía
tersa y preciosa con la luz del sol, y su pelo, castaño claro y bastante
rizado, había hecho que desde que era niña se la diera el sobrenombre de la Beyoncé francesa, cosa que a ella le
encantaba, pues muchas veces se refería a sí misma de ese modo.
-
¡Cloe!
La chica levantó la vista del móvil y salió corriendo hacia ella.
-
¡Sophie! ¡Pero qué guapa estás!
-
¡Tú sí que estás guapa! ¡No estás
guapa, estás preciosa!
-
¡Ay, qué ganas tenía de verte! ¡Madre
mía, qué pivón estás hecha! ¡Te he echado un montonazo de menos! – Cloe no
soltaba a Sophie. La abrazaba con fuerza y la sonreía con ganas – Tengo una
cosa que contarte…- la chica acababa de poner esa sonrisa picarona, ésa que
solo ponía cuando iba a soltar un bombazo.
Sophie adivinó que tenía que ser algo
muy importante, porque no hacía ni dos minutos que se habían visto, y ya Cloe
quería contárselo.
-
¿¿¿Sí??? ¡Dime, dime!
-
Siéntate, que si no creo que te vas a
caer de la impresión.
Ambas se sentaron en una mesa para tres
situada en la terraza de la chocolatería, sin pedir nada, a la espera de que
llegase Nicole.
-
A ver, Cloe, cuéntame ya ¡¡que me estoy
empezando a poner nerviosa!!
Cloe se rio en un tono muy alto.
Siempre tendían a reírse y a hablar
altísimo entre ellas, les daba igual quién podía estar escuchándolas o si
molestaban a alguien.
-
¡Alex y yo al fin lo hemos hecho! –
exclamó Cloe, con una sonrisa de oreja a oreja.
-
Pero… pero… ¿es en serio? – Sophie no
daba crédito.
Cloe y Alex llevaban juntos desde los
16 años, pero siempre se habían mantenido firmes en la idea de que no tenían
prisa y que irían paso a paso.
-
¡Síii! ¡Estoy tan feliz! – Cloe no
paraba de reír, hasta el punto de contagiarle la risa a Sophie.
-
¡Me alegro mucho por ti, mi niña!
Cuéntame, ¿cómo fue el momento? ¿Te sentías preparada?
-
¡Fue precioso! Alex me llevó a la finca
de sus padres y me preparó una cena riquísima.
-
¡Qué mono! – sonrió enternecida Sophie.
Alex siempre había sido un poco bruto,
así que Sophie se imaginó que había tenido que hacer grandes esfuerzos ese día para
parecer tierno y amoroso.
-
Sí… se portó genial, la verdad. Después
subimos a la azotea para ver las estrellas y me dijo que no había belleza que
superase la mía.
Sophie compuso una mueca de grito
ahogado de emoción.
-
¡Ay, cuánto me alegro por ti! ¡Te lo
mereces!
-
¡Muchas gracias! Soy muy feliz ahora
mismo. He estado esperando mucho tiempo para finalmente darme cuenta de que Alex
era el chico perfecto para mí y que no me quería entregar a otra persona que no
fuera él.
-
¡Ojalá yo llegué a sentir eso por…! –
se calló de inmediato.
¿Estaba segura de que quería decir lo
de Max? En el fondo, sí quería, pero por otro lado, le daba un poco de vergüenza.
De inmediato enrojeció y quiso disimular, pero ya era tarde: Cloe se había dado
cuenta.
-
¿Por quién, Sophie? ¡AY, MI MADRE!
¿Estás saliendo con alguien?
-
¿Podrías gritar un poco más alto? Creo
que algunas personas de la cafetería aún no se han enterado.
-
¡No me vengas con esas ahora! ¡Cuéntame
todo YA! – exclamó Cloe, impaciente.
-
¡Ay! Está bien… Se llama Max y es de mi
Universidad… tiene tres años más que yo y… ¡creo que le gusto!
-
¡Aaaaaah! ¡Cuéntame más! ¡Cuéntame más!
-
¡Hola chicas! ¡Siento el retraso!
A la espalda de Sophie, una voz que
ella conocía demasiado bien acababa de saludar.
-
¡Qué bien, Nicole! – exclamó Cloe – ¡Te
estábamos esperando!
Sophie siempre había pensado que ver a Nicole
era como ver a un ángel caído del cielo. Un ángel de Victoria Secret’s, para
ser exactos.
Nicole era una chica bastante alta y
delgada, con la cara de una muñequita de porcelana y una cabellera rubia, lisa
y sedosa que caía como un manantial de oro sobre su espalda. Desde siempre,
ella había sido de las tres la que más ligaba con los chicos.
Cloe se adelantó para darle un abrazo, que
Nicole correspondió. Sin embargo, cuando llegó el turno de que ella y Sophie se
saludaran, se dijeron un simple “hola” con frialdad gélida.
El camarero vino a preguntarles si ya
sabían lo que querían tomar. Ellas, sin pensárselo mucho, pidieron tres tónicas
de limón.
Cuando el camarero se fue, el silencio
se instauró entre las tres.
Sophie tenía claro que no iba ser ella
la que empezara a hablar, pero esa misma decisión parecía haberla tomado Nicole,
que en esos momentos estaba mirando su móvil sin ningún disimulo.
Cloe miraba a la una y a la otra como
si entre las dos se estuviera disputando un partido de tenis imaginario.
-
Bueeeeno chicas, ¡qué calladitas
estáis! ¿Qué tal, Nicole?
-
Pues muy bien, la verdad – contestó la
aludida con tono ufano – He venido unos días para ver a mi familia. Como el lunes
y miércoles de la semana que viene es fiesta en París, voy a estar toda la
semana que viene aquí.
-
¡Qué guay! – exclamó Cloe, como queriendo
ignorar deliberadamente la tensión que había, que se podía cortar con un
cuchillo – ¿Tú también vas a hacer eso, Sophie?
-
No, bueno en realidad yo he venido
porque mi padre ha tenido un accidente de tráfico.
El tono de voz de Sophie había sido
demasiado áspero. No le gustaba hablar de esas cosas delante de Nicole.
-
¿¡Tu padre ha tenido un accidente de
tráfico!? ¡Dios mío! ¿Cómo no me lo has dicho antes? ¿Cómo está?
-
Bien, bien, tranquila, Cloe – respondió
Sophie, sonriendo, pero fríamente porque seguía incómoda – No hay nada de qué
preocuparse. Todo ha quedado en un susto.
-
Lo has tenido que pasar mal con lo de
tu padre, Sophie. Me alegro de que esté bien – dijo Nicole, de pronto,
apartando la vista del móvil.
-
¡Vaya gracias, Nicole! – respondió una Sophie
muy sorprendida. No era propio de esa chica empatizar demasiado, y menos con
ella.
El camarero al fin sirvió las bebidas.
Las tres volvieron a quedarse en silencio.
Nuevamente Cloe, mientras bebía, volvía
a mirar tanto a Sophie como a Nicole, pero esta vez, parecía estar tramando
algo.
-
Bueno Sophie, y cuéntanos ¿cómo de
bueno está tu chico del 1 al 10?
-
¡Cloe! – exclamó Sophie con tono de
queja, echando una mirada de soslayo a Nicole.
¿No era evidente que no estaba cómoda
con ella al lado?
En un principio, había pensado que sí
se podía sentir algo mejor, incluso había pensado en hablar de Max, pero ahora
tan solo quería volver a casa y no volver a saber nada más de Nicole, pues
cuanto más tiempo estaba con ella, más recuerdos de aquel día le venían a la
mente.
Sophie sabía que, en esos momentos, estaba
como un globo muy hinchado: hacía falta un alfiler muy pequeñito para que
explotase.
-
¿Qué pasa? – preguntó Cloe, con cara de
no haber roto un plato en su vida. Pero no engañaba a nadie. Estaba intentando
que se rompiera esa tensión – ¡Nicole también tiene novio! ¡Está viviendo con
él! ¿Y a que no sabes qué? ¡Se conocieron en el viaje que hicimos a Madrid!
-
¿Hola? ¡Cloe, estoy aquí! – exclamo
Nicole, con incredulidad.
-
Sí, ya sé que estás aquí, ¿y? – Cloe
tenía cada vez más cara de niña, pero ahora Sophie estaba empezando a
mosquearse de verdad, y no solo por la pobre estrategia de Cloe para conseguir
que ella y Nicole se volviesen a hablar.
-
¡Pues que estás hablando de mí como si
no estuviera aquí delante! ¿No sería yo la que tendría que decidir si quiero o
no contar esas cosas? – Nicole estaba enfadada, pero también parecía muy
incómoda. Estaba claro que en sus planes no entraba que Sophie se enterase de
eso.
-
¡Bueno, vamos a ver! ¡VAMOS A VER! –
exclamó Cloe, irritada- ¡Estoy harta de estar así! ¡Me rindo! ¡Esto es muy
incómodo! ¡No os he visto en casi un año! ¡Y estamos aquí todas bebiendo en
silencio nuestra tónica y pareciendo que queremos ir a nuestra casa corriendo!
¡ES TODO MUY VIOLENTO! ¡Joo antes éramos las Supernenas! ¿Por qué no podemos
volver a serlo?
-
De modo que conociste a tu novio en
Madrid, ¿eh? – la pequeña aguja que Sophie necesitaba ya había hecho su
aparición en escena – Cuando fue exactamente, ¿antes o después de que me
dejases tirada en aquel centro comercial?
-
Sophie…- empezó Cloe, previniéndola.
-
¡Le conocí la última noche que
estuvimos en Madrid, Sophie! – exclamó Nicole, con voz cansada, sin responder
aún al reproche que le había lanzado Sophie – Tú ya habías vuelto al hotel.
Además, creo que tampoco deberías darle tanta importancia a lo que hice. ¡Fue
tan solo una broma!
-
¿UNA BROMA? – ya estaba desatada – ¡Te
diré lo que ocurrió! Me llevaste a ese centro comercial, me dijiste que querías
que nos miráramos un vestido para ir a la discoteca esa noche, me metí en un
probador y te dejé el bolso para que me lo sostuvieras mientras me cambiaba.
Cuando salí ¡tú ya no estabas! Y me tuve que volver hasta el hotel andando
¡Tarde más de una hora! ¡Sin dinero, sin móvil, sin nada! ¡Eso no es una broma,
eso es una faena de las gordas!
Nicole se había quedado seria mirando hacia abajo, sin decir nada.
-
Yo… bueno yo…- A Cloe se la veía muy
afectada – Siento mucho que te ocurriera eso, Sophie. La verdad es que yo ese
día no fui con vosotras, pero cuando supe lo que había pasado, le dije a Nicole
que se había pasado mucho con la bromita… Yo, por mi parte, me lo pasé genial
en Madrid, y siento que te haya quedado ese recuerdo…
-
No solo tengo ese recuerdo – Sophie estaba
ahora mucho más calmada. Decir todo lo que sentía y lo enfadada que estaba con
Nicole le había quitado un gran peso de encima –. ¡Me lo pasé genial en Madrid!
Fueron unos días inolvidables…
-
¡Sí, estuvo increíble ese viaje! – exclamó
Cloe, interrumpiéndola. Parecía agradecida de que al fin se dijera algo
positivo de aquellos días - ¿Os acordáis las risas cuando fuimos al Rastro y
compramos todas las tonterías que pudimos encontrar?
-
¡Sí… por poco arrasamos el Galaxy
Saurio! ¡Nos queríamos llevar todo lo que había en esa tienda! – exclamó
Sophie, riéndose.
-
¡Es que molaba muchísimo! ¡Creo que vendían
los juguetes más raros y antiguos que existen! – Nicole se había unido a la
conversación, sonriendo, aunque su tono de voz estaba serio.
-
¡Y cada una nos llevamos una muñeca
Supernena, para recordarnos siempre allá donde estuviéramos! – exclamó Cloe,
con mirada tierna y cogiendo las manos de Sophie y de Nicole.
Las tres se quedaron de nuevo calladas,
pero esta vez no era un silencio incómodo.
Nicole cogió aire para volver a hablar.
-
Sophie, para mí solo fue una broma,
pero lo siento, no quería molestarte.
A Sophie su cabeza le decía que no se
volviera a fiar más de Nicole, pero su corazón le recordaba que ella y Cloe
eran sus mejores amigas desde siempre… Y, como siempre, hacía más caso a su
corazón que a su cabeza.
Aún era demasiado pronto para olvidar
todo, pero a lo mejor con un poco de tiempo… sonrió a Nicole.
-
¡BIEEEEN! – gritó Cloe – ¡Las
Supernenas están on fire de nuevo!
Las tres se rieron de felicidad. Se
notaba que todas se habían echado mucho de menos.
-
Bueno, y ahora ¿qué estáis haciendo?
¿Estudiáis o trabajáis? – preguntó Sophie.
-
Pues yo estoy estudiando Farmacia –
comenzó Nicole – Pero sinceramente, no me lo paso nada bien, es súper
estresante…
-
Puff ¡dímelo a mí! – replicó Sophie –
¡Hay veces que no puedo dormir por culpa de la cantidad de exámenes y trabajos
que nos ponen!
-
Estás
estudiando psicología, ¿no? – preguntó Cloe, y ante el asentimiento de Sophie,
dijo – Lo suponía. Siempre he sabido que estudiarías eso cuando salieras del
instituto. Tienes un don para escuchar a los demás, Sophie.
-
¡Qué exagerada! – exclamó Sophie,
alagada - ¿Tú ahora qué estás haciendo?
-
Pues yo… un poco de esto y un poco de
aquello, la verdad. No pude entrar en Bellas Artes, así que bueno… ahora hago
bellas obras de arte sobre el pelo de la gente.
-
¿¿Eres peluquera?? – preguntaron Sophie
y Nicole, al unísono.
Desde siempre, Cloe había tenido claro
que quería ser pintora de cuadros. No siempre lo había tenido fácil, pues
muchas veces le habían dicho que le faltaba técnica o incluso talento, pero
ella era fiel a su objetivo: quería conseguirlo costara lo que costase.
Por eso, ese cambio de rumbo tan
repentino sorprendió tanto a sus amigas.
-
Bueno, lo intento – dijo Cloe,
encogiéndose de hombros y hablando con bastante desgana – Es un trabajo bonito.
Y a fin de cuentas, trabajo en la peluquería de mi madre, lo cual es bastante
cómodo…
-
Pero… ¿eres feliz? – preguntó Sophie, bajando
la voz, temiendo molestar a su amiga ante tanta insistencia.
Cloe le miró con sus enormes ojos
negros y Sophie supo que no, que no era nada feliz con aquello.
La mente de Cloe seguía vagando entre
óleos y acuarelas mientras sus manos se veían obligadas a coger las tijeras
para cortar el pelo a las mismas mujeres del pueblo que iban semana tras semana
a su peluquería. Para ella, eso no suponía ningún estímulo.
Sophie intuyó que una de las razones
por las que Cloe quería con tanta intensidad volver a ver a sus amigas del
instituto era también para volver a ver a su “yo” del pasado: una chica
pasional y soñadora que se podía tirar horas y horas hablando sobre la
diversidad de tonalidades del cuadro de El beso de Klimt.
Un tenue silencio se desplazó entre las
tres, que por un momento no supieron qué decir, y esta vez Cloe no les podía
ayudar.
Afortunadamente, Nicole estuvo al
quite:
-
¡Os tengo que presentar a mi chico! ¡Ha
venido para estar conmigo estos días!
-
¡¡No me digas!! ¿Y por qué no está aquí
con nosotras? – preguntó Cloe, con curiosidad y excitación, liberándose de los
pensamientos negativos que rondaban por su mente.
-
¡Prefería estar a solas con vosotras
después de tanto tiempo! Además, él se ha quedado en casa estudiando, que en
dos semanas tiene exámenes del máster.
-
¿Y no tienes una foto de él? ¡Sophie y
yo tenemos que valorarle antes de conocerle!
-
Me robaron el móvil la semana pasada y no he
conservado ninguna foto…- penó Nicole – ¡Lo siento chicas, pero os tendréis que
esperar hasta verle personalmente!
-
¡Excusas! – sentenció Cloe, impaciente.
Las tres entonces empezaron a reír y a
hablar ya sin miramientos de todos los cotilleos habidos y por haber. Tenían
mucho que contarse después de no verse en casi un año.
A las once de la noche, Sophie se
acababa de despedir de sus ya recuperadas amigas y se encaminaba de vuelta a su
casa.
Fue entonces cuando sacó su móvil del
bolso y pudo ver que Max le había vuelto a llamar dos veces.
Le iba a devolver la llamada, pero se
olvidó de hacerlo prácticamente al instante siguiente.
De repente, a ella le empezó a latir
muy deprisa el corazón.
Joey estaba sentado en el banco que había
justo enfrente de su casa.
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