-
¿Qué haces aquí? – preguntó Sophie, con
la boca seca y el corazón ardiendo.
Por mucho que intentase frenar ese
sentimiento, no podía.
Era muy extraño, tan solo había visto a
Joey un par de veces en toda su vida y, sin embargo, sentía que cada vez que le
veía, el mundo entero se detenía.
No podía creer, y ni siquiera se lo
quería reconocer a sí misma, que en tan poco tiempo se pudiese sentir algo así
por nadie.
-
Tan solo… paseaba – contestó Joey,
dudando un poco antes de hacerlo. Parecía que estaba buscando una excusa para
estar allí – He estado investigando un poco esta tarde sobre cómo es este
pueblo y sus alrededores y… de tanto andar estaba agotado… Uff ¡Este banco es realmente cómodo!
El chico rio mientras agitaba la
cabeza, como pensando “¿a quién quiero engañar?”
Se puso serio y empezó de nuevo.
-
Lo cierto es que quería ver qué tal estaba
tu tobillo. Me he quedado preocupado después de esta mañana…
-
¿Me estás vigilando? – preguntó Sophie,
con una media sonrisa.
-
¡Nooo! ¿Yo? ¡Para nada! – exclamó él,
mientras se le escapaba una risa nerviosa. No obstante, inmediatamente recuperó
la compostura y reiteró – ¿Cómo estás? ¿Te sigue doliendo el tobillo?
-
Pues… un poco, pero ya menos –
contestó, intentando que su tono de voz fuese relajado mientras expresamente
desatendía sus ganas de acercarse más y más a él – Hice caso a tus consejos.
-
¿Ah, sí? – preguntó Joey, con sorpresa –
¿Y funcionó? Bueno, es evidente que sí, estás estupenda, bueno, quiero decir
que se te ve mejor que esta mañana…
Sophie se fijó en que Joey parecía
azorado. Ella reprimió un suspiro.
-
En fin, gracias por venir a verme –
dijo, casi en un susurro.
-
¡No ha sido nada! Tenía que ver cómo
estaba mi paciente favorita…
-
¿Favorita? – Sophie rio con ganas,
ocultando su nerviosismo. ¡Estaba segura de que le estaban temblando las manos!
– ¿Eso se lo sueles decir a todas?
-
No, solo a ti.
Joey la estaba mirando directamente a
los ojos, muy serio. Transmitía verdad en lo que decía.
Se levantó súbitamente del banco y dio
un par de pasos hacia ella.
Sophie estaba paralizada. Sentía que el
corazón se le iba a salir del pecho.
Él le puso con delicadeza una mano en su
cintura. Ella se olvidó de respirar por un momento. Supo que estaba totalmente
a su merced.
Joey
la miraba con una mezcla entre ternura y emoción. Pero había algo más, algo que
Sophie seguía viendo en él y que no dejaba de intrigarle desde que le había visto
esta mañana a la salida de la cafetería: era como un deseo que Joey no llegaba nunca
a expresar.
-
Sophie, tengo que…
El móvil de Sophie vibró entre sus
manos justo antes de empezar a sonar fuertemente: Max otra vez.
Dudó, pero creía que tenía que descolgar
la llamada. A fin de cuentas, pensaba, con esta vez Max le había llamado ya
tres veces. Probablemente estuviese preocupado por ella.
Sintió un pinchazo de culpabilidad al
darse cuenta de que no estaba siendo justa con Max.
-
Lo siento, tengo que cogerlo – enunció
Sophie, volviendo en ese instante a la realidad.
-
No pasa nada – contestó Joey,
sacudiendo la cabeza con rapidez y mirando hacia abajo. Parecía decepcionado.
¿Qué es lo que le habría querido decir?
– Yo también tengo que irme – atrás había quedado toda la emoción
mostrada hacía un segundo y ahora mismo su tono de voz era como un témpano de
hielo. Se fijó en el móvil de ella y, dándose cuenta de que un tal “Max” le
estaba llamando, le dijo de una manera bastante cortante, a modo de despedida –
Contesta Sophie, puede que sea importante.
Sophie
no quería separarse de él, quería decirle algo más, aunque solo fuera una cosa,
algo que le retuviese un poco más junto a ella. Su móvil seguía sonando. Tenía
que cogerlo…
-
Hola Max, ¿qué tal estás?
-
¡Mi chica! ¿qué tal estás, preciosa?
Nuevamente,
Sophie rechinó un poco los dientes al escuchar “mi chica”. Aún no eran nada y, sin embargo, él se empeñaba en
llamarla así una y otra vez.
-
Bien, Max. Perdona por no haberte
cogido antes el teléfono, pero es que he tenido un día liado.
-
¡No te preocupes! ¿Cómo está tu padre?
Sophie
agradeció que Max tuviera el gesto de preguntarle.
-
Hoy he pensado mucho en ti, ¿sabes? –
enunció Max, con mucha efusividad.
-
¿Ah, sí? – preguntó Sophie, muy
sorprendida – ¿Y eso por qué?
-
He visto un reportaje en la tele sobre Berlín,
y he recordado que a ti te encantaría ir al año que viene allí… ¿y, sabes? ¡Me
encantaría hacer ese viaje contigo!
A
Sophie se le ablandó el corazón. Realmente, parecía que a Max ella le importaba
mucho.
Ahora
todavía se sentía peor que antes.
Con
su actitud hacia Joey, estaba jugando con los sentimientos de otro chico que
solo quería conquistarla.
Pero
¿qué sentía por Max exactamente?
La
respuesta aún no la sabía, pero quería averiguarlo antes de dejarse llevar por
la descarga eléctrica que recorría su cuerpo cada vez que pensaba en Joey.
De
repente, sintió la necesidad de terminar la conversación con Max.
Se
estaba agobiando bastante. Debía poner en orden sus sentimientos.
-
Lo siento, Max, tengo que colgarte.
Hablamos en otro momento.
-
Vale, pero…
Antes de que el chico pudiera terminar la frase, Sophie había colgado.
Al
otro lado del teléfono, Max se había quedado con la palabra en la boca. Dean,
su amigo, le estaba mirando con una sonrisa sarcástica.
-
¿Lo ves? – preguntó éste – Como tú
mismo dijiste, Sophie no es una chica fácil. No conseguirás acostarte con ella.
¡Perderás la apuesta!
-
Eso ya lo veremos – sentenció Max.
-
Cuidado, hermano, a ver si, de tanto
insistir, vas a terminar enamorándote de ella.
-
¡No seas imbécil, Dean! Los dos sabemos
que ella y yo jugamos en ligas distintas. Sophie jamás me podría interesar…
pero si gano la apuesta, Jacob tendrá por fin que cerrar esa boca enorme que
tiene, y además, me tendrá que dar 300 pavos. ¡El negocio es redondo!
Los dos amigos, en ese momento, estaban
hablando mientras fumaban en la puerta de un bar.
Un par de chicas pasaron a su lado y se
los quedaron mirando con una sonrisa sugerente.
Una de ellas se mordió un labio,
mirando con deseo a Max y provocando que éste ardiera en su interior.
Max y Dean las miraron de arriba abajo
y entraron con ellas al pub. ¡Esa noche se lo iban a pasar bien!
Sophie
acababa de entrar en su casa, pero no dio ni dos pasos cuando le abordó su
madre.
-
¿Quién era ese chico tan guapo, Sophie?
-
¡¡Mamá!! – exclamó Sophie, con tono
quejoso – ¿Por qué eres tan cotilla?
-
¿Cotilla yo? ¡Anda ya! – exclamó
Giselle, con los ojos chispeantes de la emoción - Pero cuéntame, ¿quién es?
-
¡Nadie, mamá! – exclamó ella, con
agotamiento – Solo ha venido a ver cómo estaba porque esta mañana me ha
arrollado sin querer con la bici.
-
¡Ah, entonces sí que es alguien! ¡Antoine,
tu hija tiene un pretendiente! – exclamó Giselle, desatendiendo las quejas de
Sophie.
-
¿Cómo? – preguntó el padre, en voz alta
desde el salón, mientras se acercaba a las dos – ¿Dónde está mi 9 mm?
-
Ya estamos… – Sophie negó con la
cabeza. Sus padres siempre hacían lo mismo: ¡se entrometían demasiado en su
vida privada!
-
¡Antoine, no seas así! – exclamó Giselle
– La niña tiene derecho a ser feliz.
-
¿Qué tal la rehabilitación, papá? –
preguntó Sophie, en un intento por desviar el tema de conversación.
-
¡Genial, hija! ¡Estoy hecho un
toro! – exclamó –Y ahora, dime ¿qué
intenciones tiene ese chico contigo?
Sophie
se rindió y empezó a subir las escaleras rumbo a su habitación.
-
Chicos, me voy a la cama. Es tarde y
estoy agotada después de la noche de ayer.
Ya
en su habitación, Sophie no podía dejar de preguntarse qué era lo que Joey la
habría querido decir y deseó con todas sus fuerzas volver a verle lo antes
posible.
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